Crítica de ‘Manhattan’ (Woody Allen – Vol.III)

Él era tan duro y romántico como la ciudad a la que amaba. Tras sus gafas de montura negra, se agazapaba el vibrante poder sexual de un jaguar. Nueva York era su ciudad y siempre lo sería.

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Como una carta de presentación, con la conjugación perfectamente trenzada de  Rhapsody in Blue, composición de George Gershwin (Brooklyn, Nueva York, 1898 – Beverly Hills, California, 1937) para piano y banda de jazz, y una serie de imágenes de la ciudad de los rascacielos, el prólogo con el que se abre la película de la que hoy hablamos nos descubre la doble cara de Nueva York: un abanico en blanco y negro de amenazantes y extrañamente elegantes edificios, de calles colapsadas por el vértigo vital de la ciudad, de aceras nevadas, grúas que rugen con su movimiento y multitudes bulliciosas que arrasan tiendas y mercados, todo ello tratado con un tono que roza la melancolía y el amor por el lugar que vio nacer a nuestro director. Manhattan es una declaración de intenciones, una carta de amor por una ciudad con un equilibrio completo entre la luz y la sombra: Adoraba Nueva York, aunque para él era una metáfora de la decadencia de la cultura contemporánea.

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Como ocurre en otras de sus películas, Woody Allen nos retrata a dos mujeres: Mary (Diane Keaton) y Tracy (Mariel Hemingway). Y esto no es casual, porque cada una de ellas representa una actitud vital, una mirada distinta hacia la cultura: mientras que la primera representa, junto con Yale (Michael Murphy), íntimo amigo del protagonista, la cultura pomposa y academicista, Tracy se encuentra muy alejada de la pedantería universitaria (es una estudiante de bachillerato) y personifica una cultura más bien popular, cercana a las masas. Este choque de puntos de vista constituye un papel protagonista en la película. Mary y Yale, cómicamente, fundan lo que llaman la “Academia de lo sobrevalorado”, en la que matriculan a personajes tan transcendentales en la historia de la cultura universal como Scott Fitzgerald, Vincent Van Gogh o Ingrid Bergman, lo cual hace que nuestro protagonista, Isaac Davis (Woody Allen), se enerve hasta tal punto que realice imitaciones, en tono de mofa, de Mary, lo cual revela una intención crítica hacia  los adalides de la cultura. Una vez más, como tantas otras veces en la filmografía de Woody Allen, vuelve a repetirse la dicotomía inteligencia/emoción, volviendo a ser vencedora esta última: de nada sirven los conocimientos y el razonamiento frío y calculador si no puede sentirse el arte debajo de la piel. Una obra de la que podemos rescatar un auténtico homenaje al cine mudo. En la escena en la que Isaac, acompañado por su hijo, se detiene delante de una tienda, con un acompañamiento musical muy expresivo que parece articular los labios de los personajes, el espectador se sitúa dentro del escaparate observando la escena del exterior. La mímica y las miradas ofrecen entonces un sentido que perdería calidad con la utilización de diálogos. Además, en la escena final, en la que el protagonista le suplica a Tracy que no se vaya a Londres, el juego de expresiones mudas otorga a la conversación todo aquello que jamás podría decirse con palabras.

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Pero Manhattan es también una historia de amor, aunque tratada de una forma poco convencional. Se trata de una narración en la que, finalmente, el protagonista logra ordenar su cabeza y ver con claridad lo que realmente prefiere: la mirada dulce y misteriosa de Tracy, un amor más cercano a lo terrenal, alejado del púlpito académico en el que se encuentra Mary. En ese sentido, es interesante pararse a analizar la escena en la que Isaac, con una grabadora, recoge ideas para un próximo libro: Cosas que valen la pena: Groucho Marx, Jamie Connors, el segundo movimiento de la sinfonía Júpiter, Sinatra (…) y el rostro de Tracy. En esta ocasión, el encargado de la dirección de fotografía fue Gordon Willis, que realizó un trabajo soberbio, recorriendo la ciudad con una sensibilidad poética muy lograda y con una técnica que llega a su culmen con la utilización de una neblina que tiñe la imagen de magia y ternura.  Esto, combinado con un guión escrito por el propio Woody Allen y por Marshall Brickman, da como resultado un relato muy sincero en el que el amor se ofrece como guía argumental de una historia en la que caben muchos más aspectos.  

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Si aún no han visto Manhattan, desde MagaZinema os pedimos que lo hagáis; y si ya la han disfrutado alguna vez, vuelvan a hacerlo, ya que se trata de una obra maestra del cine y el mejor homenaje realizado jamás a esa ciudad: Nueva York era su ciudad y siempre lo sería. Manhattan es su mejor película y siempre lo será

Salvador Díaz Gómez

Accitano de nacimiento, filólogo en paro de profesión. Amante de la literatura y del cine, escribiendo en MagaZinema con alegría.

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