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‘Territorio Lovecraft’, fallida ocurrencia (2020) | HBO

‘Territorio Lovecraft’ es un experimento fallido desde cualquier prisma que se mire. Un fracaso, por otra parte, bastante de prever, habida cuenta de lo forzado de la propuesta. Porque hay prosas, como la de Kerouac o la de Cortázar, de muy ardua adaptación a la pantalla, y lo mismo sucede en el caso de Lovecraft, cuyo barroquismo salomónico y terribilità veterotestamentaria mal casan con la tonta efervescencia de nuestros días.

Atticus Black (Jonathan Majors) comienza un viaje por carretera en los años 50 junto a su amiga Letitia (Jurnee Smollett-Bell) y su tío George (Courtney B. Vance) en busca de su padre desaparecido (Michael Kenneth Williams). El viaje se convertirá en una lucha por la supervivencia, afrontando el racismo de la América blanca así como una serie de monstruos que podrían haber salido de un libro de Lovecraft… Basada en la novela de 2016 de Matt Ruff.

La trasposición de su peculiar universo encierra asimismo un sinfín de problemas, salvo que se asuma sin complejos una estética de serie B por la que pocas productoras apostarían hoy, mucho menos un transatlántico como HBO, y, aun así, el riesgo de caer en el ridículo es grande.

Otra opción —y además muy barata— consiste en ahorrarse la proliferación de baba y tentáculos, limitándose a sugerir el cacareado —y, en general, escasamente entendido— horror cósmico, tal como viene haciendo el tándem Benson-Moorehead de un tiempo a esta parte.

Claro, que todo lo anterior resulta ocioso cuando los responsables de esta ‘Territorio Lovecraft’ tardan apenas un episodio en perderse en un absurdo laberinto mistificador, hasta tal punto que del (hoy) reconocido escritor de Providence no queda más rastro que en el título. Sin tener nada en contra del bastardeo de géneros, creo que el cóctel que se han sacado de la manga constituye un imposible artístico de tal calibre que extraña no lo hubieran visto venir mucho antes.

Lo que funcionaba como un reloj de alta precisión en ‘Déjame salir’ (Get Out, 2017), mezcla de thriller, denuncia social y blaxploitation, no tiene por qué hacerlo en todos los contextos; del mismo modo que el sello Jordan Peele, como en su día el de Tarantino, no supone per se una garantía de calidad.

Además, se empieza a correr el riesgo de que el movimiento Black Lives Matter acabe convertido en el perejil de todas las salsas, la cebolla caramelizada del audiovisual contemporáneo. Una ubicuidad, venga a cuento o no, de nefastas consecuencias, y no sólo estéticas.

Tampoco la localización temporal parece especialmente acertada, más allá del atractivo vintage de ciertas estampas. Para protestar contra los gravísimos problemas —estructurales y, por ende, trágicos— de racismo y desigualdad que aquejan a los Estados Unidos no hacía falta viajar hasta los lejanos, casi prehistóricos cincuenta. Sobran los ejemplos coetáneos, casi diarios, de abusos policiales.

Dicho alejamiento cronológico conlleva, encima, una implicación no sé cuán inconsciente o indeseada, pero de suma gravedad, porque invita a creer que, en comparación con los años previos a la lucha por los derechos civiles, hoy no estaríamos tan mal.

Hasta la ilación entre episodios se antoja precaria. Sin una línea argumental clara, o moderadamente coherente, la serie queda reducida a una colección de ocurrencias cuyo interés, encima, decrece de manera exponencial con el paso de las semanas.

Y cuando, de pronto y como por ensalmo, uno de ellos atesora cierta calidad —’Meet Me in Daegu’, el número 6—, de inmediato se nos agrede con un delirio lisérgico sin un ápice de su encanto intrínseco —I Am—, diríase que a fin de recordarnos el bodrio cósmico con el que se nos ha venido atormentando durante dos larguísimos meses. Ni que se nos fuera a olvidar.

A partir de entonces, siquiera bizarradas del calibre de esa versión satánica de las niñas de ‘La cabaña del Tío Tom’ logran hacer remontar una serie de la que sólo queda esperar que acabe lo antes y de la manera menos degradante —para sí, para los espectadores— posible. Ojalá no haya una segunda temporada, y si la hay, en fin, que se la encarguen a cualquier otro. Algo tienen ganado: nadie puede hacerla peor.

Tráiler

¿Pasa el corte?
Overall
2.3
  • Originalidad
  • Fotografía
  • Interpretaciones
  • Guion
  • Edición y montaje
  • Banda Sonora
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Puntos fuertes

  • La estética años 50, siempre una apuesta segura
  • Una eventual segunda temporada no puede ser peor que la primera

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