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‘Sesión salvaje’ (2019). El cine nuestro que nunca acabó de ser

‘Sesión salvaje’ es un delicioso documental en el que se hace un recorrido, entrañable y muy completo, por las aportaciones patrias —algunas, sencillamente, impagables— al cine de género y exploitation.

Partiendo de las coproducciones épicas y el spaghetti western —y el chorizo western, gloriosa denominación esta última— llega hasta la malhadada ‘Ley Miró’, una forma indirecta de censura pese a sus buenas intenciones, que tuvo como consecuencia la extinción de la serie B en nuestro país y una estrepitosa caída en el número de espectadores.

Entremedias, cintas de tan variado pelaje como las españoladas de Pajares y Esteso, o el cine quinqui de Eloy de la Iglesia y José Antonio de la Loma, original traducción de los códigos del thriller a la durísima realidad del lumpen y la heroína.

‘Sesión salvaje’ mezcla imágenes procedentes de aquellas desopilantes historias con los testimonios de, por un lado, algunos de sus artífices —productores, intérpretes, directores— y, por otro, cineastas del renombre de Álex de la Iglesia o Nacho Vigalondo, quienes no tienen empacho en reconocer el influjo decisivo de aquellos films de tanto éxito comercial como denuesto crítico.

Ni que decir tiene que resultan especialmente jugosos los de los primeros, integrantes del germen de lo que pudo haberse convertido en una industria cinematográfica propiamente dicha, con sus luces y sombras como todas, pero dotada asimismo de una singularidad y unos rasgos perfectamente reconocibles.

Algunas de las anécdotas que cuentan los Antonio Mayans, Simón Andreu o Carmen Carrión, entre muchos otros, merecerían por sí solas figurar en una antología del chascarrillo. Comparado, el ejercicio de nostalgia por parte de los rendidos admiradores de hoy palidece sin remisión, por acrítico y previsible.

Otra de las bondades de esta ‘Sesión salvaje’, si no la mayor de ellas, radica en la labor de rehabilitación que desarrolla respecto a autores tradicionalmente poco valorados, caso de Paul Naschy y, en especial, Jesús Franco. La verdad, me gustaría haber visto a sus detractores trabajar con presupuestos como los que estos artesanos —y Romero Marchent, Ibáñez Serrador, Jorge Grau, et al.— estiraban hasta los límites de la física.

En fin, es un auténtico placer reencontrarse con títulos —en todos los sentidos, vaya— como ‘No profanar el sueño de los muertos’ (Non si deve profanare il sonno dei morti, 1974), ‘¿Quién puede matar a un niño?’ (1976) o El pico (1983).

Y me muero de ganas de hincarle el diente a cosas con la buena y —bizarra— pinta de ‘La residencia’ (1969), ‘Las vampiras’ (Vampiros Lesbos, 1971), o ‘Pánico en el Transiberiano’ (Horror Express, 1972). Incluso le daría una oportunidad, de tan bien que la venden aquí, a la —a todas luces, casposa— ‘Supersonic Man’ (1979).  

Ya solamente por eso, por el descubrimiento de tantas películas olvidadas, con sus correspondientes y esforzados responsables, vale la pena echarle un vistazo a la cinta que Paco Limón y Julio César Sánchez dedican, con cariño infinito, a aquel cine nuestro que nunca acabó de ser: popular y desenfadado, libérrimo y loco… definitivamente más estimulante que las torvas solemnidades, cuando no infantilismos sublimatorios, que vienen promocionándose —por no abusar del término acostumbrado— desde hace casi cuatro décadas.

Tráiler

¿Pasa el corte?
Overall
3.4
  • Originalidad
  • Fotografía
  • Interpretación
  • Guion
  • Edición y Montaje
  • Banda Sonora
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Resumen

  • Lo mejor: la reivindicación de un cine mucho más feliz que las solemnidades sublimatorias (y subvencionadas) de nuestros días.
  • Lo peor: que, cuarenta años después, la intelligentsia y sus palmeros sigan arrugando la nariz ante el menor atisbo de divergencia.

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