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Perfectos desconocidos (2017), Alex de la Iglesia

Perfectos desconocidos de Alex de la Iglesia

¿Qué pasaría si fueras a una cena de amigos en parejas, y todos decidierais poner el móvil encima de la mesa y dedicaros a leer y escuchar todo lo que llegue hasta que termine el encuentro?

Esta potente premisa ha llevado a más de 1,4 millones de espectadores a las salas españolas, convirtiéndose en la película más taquillera del afamado director Alex de la Iglesia. Aunque su tono de humor negro está presente durante todo el filme, un guión original prefijado ha conseguido contener, esta vez, la excesiva creatividad del director entre las cuatro paredes de la escena. Como resultado, una comedia divertida para casi todos los públicos.

Desvelamos algunas de las claves de su éxito en una crítica sin spoilers.

Una fórmula que se extiende en el eje Italia – Francia

No es la primera vez. ‘Bienvenidos al norte’ ya creó precedentes hace siete años de que lo que funciona en el país galo, funciona entre sus vecinos latinos.

Esta vez, se trata de un remake de la exitosa película italiana ‘Perfetti sconosciuti’, de Paolo Genovés, que batió el récord de taquilla el año pasado en Italia, y que no ha sido menos en su adaptación española. Un director de renombre, un potente elenco de actores y una campaña de marketing a la altura de los anteriores, ayudaron también a desbancar en su primera semana a la nueva película de Pixar en un momento en el que el cine familiar es sinónimo de éxito.

De su propia cosecha, Alex de la Iglesia añade un poco de ciencia ficción a través de un eclipse lunar sobrenatural que sirve de pretexto para darle ese punto de locura extra al que nos tiene acostumbrados.

Tras su paso por España, Francia será el último país en unirse a estos “Perfectos desconocidos”, llevándola en 2018 a sus pantallas con un reparto local bajo el título de ‘Le jeu’. Veremos entonces si el éxito en taquilla de las adaptaciones italianas y francesas funciona igual de bien en los dos sentidos.

Actuaciones intachables

Sin duda, el mayor acierto de Perfectos desconocidos es el de haber elegido a siete actores prácticamente intachables que bordan a cada uno de los personajes y les dan una profundidad mayor incluso de la que el propio guión permite.

La magistral actuación de Ernesto Alterio se ve acompañada por la de su mujer, en la ficción y en la realidad, Juana Acosta, que interpretan a un matrimonio mal avenido cuyos secretos ocultos ponen altas las expectativas. Eduard Fernández y Belén Rueda, la pareja anfitriona, destacan también por salirse de los papeles a los que nos tienen acostumbrados. Pepón Nieto, más encasillado en el gordito bonachón, consigue la carcajada con algunos monólogos bien llevados, e incluso Eduardo Noriega está a la altura de su papel, ayudado por una Dafne Fernández que sorprende por su espontaneidad y naturalidad.

Comedia de enredo del siglo XXI

El uso de la tecnología y unos diálogos que navegan entre lo superficial y el reflejo de nuestro tiempo consiguen traer la clásica comedia de enredos hasta el 2017. El sexo, la infidelidad, la orientación sexual y la apariencia física prevalecen entre los temas más repetidos, dejando sólo en ciertas ocasiones algo de espacio para que subyazca el subtexto y un leve análisis sobre la condición humana.

La hipótesis del juego, basada en que los amigos de toda la vida no tienen ningún secreto que ocultar indaga, por sí sola, en la dualidad entre quiénes creemos que somos y quiénes somos realmente.

Esa diferencia entre cómo nos mostramos en sociedad y tras la privacidad de la pantalla irá enfrentando, uno a uno, a cada personaje con los demás o incluso consigo mismos. Y es que a la respuesta de qué pasaría si todos supiéramos todo de todo el mundo sólo puede ser una: Bendita ignorancia.

Licenciada en Comunicación Audiovisual y Publicidad, Consultora de Contenidos y amante del guión. Convencida de que el buen cine no entiende de épocas ni de géneros y fan de las buenas series con sabor a palomitas. Entusiasta del cine europeo, político, social, independiente, de los thrillers y del cine negro, y de las manchas de tinta de Olivetti.

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