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‘Overlord’ (Julius Avery, 2018) | A buenas horas

II Guerra Mundial. Justo antes del Día D, un grupo de paracaidistas estadounidenses cae tras las líneas enemigas para realizar una misión crucial en un pequeño pueblo francés. Pero, a medida que se acercan a su objetivo, empiezan a darse cuenta de que algo más que una simple operación militar está sucediendo en esa aldea ocupada por los nazis

Este zombi está muy visto

Overlord constituye un corolario perfecto de los rasgos y vicios del cine comercial actual. A saber: derroche digital, argumento escuálido, corrección política, rostros televisivos, escasa o nula originalidad, y el sello J.J. Abrams en tanto credencial de no sé muy bien qué.

A priori no tengo nada en contra de lo primero, siempre y cuando la tecnología se ponga al servicio de la historia y no a la inversa. Y mira que el arranque era prometedor a tal respecto, con una de las escenas mejor ejecutadas de los últimos años: el salto de la 101ª aerotransportada tras las líneas alemanas se erige en un festín sensorial salvaje que pide 3D o la experiencia inmersiva que se les ocurra.

Sin embargo, y como si de una mala metáfora se tratase, en cuanto los protagonistas echan pie a tierra las altas expectativas generadas por el brillante planteamiento se vienen abajo con análogo estrépito. Porque asistimos desde entonces a una película sumamente rutinaria que busca distinguirse por la vía del cóctel de géneros —aquí bélico y terror—, recurso tan trillado que dejó de resultar novedoso hace tiempo.

Una sensación de dejà vu me acompaña durante todo el visionado, y no porque la inminencia de la Nueva normalidad —qué nombre de grupo festivalero, por cierto— haya provocado un fallo en Matrix, sino porque las referencias a reputados títulos pretéritos son de una obviedad rayana en el plagio; de hecho, hay planos calcados casi fotograma a fotograma. Hablo, claro, de ‘Salvar al soldado Ryan’ (Saving Private Ryan, 1999) y de ‘Malditos bastardos’ (Inglourious Basterds, 2009).

En cuanto al reparto, tampoco rechazo por principio a los intérpretes procedentes de la pequeña pantalla, más si cabe hoy día, cuando ésta, en su infinita variedad de formatos, ha sustituido —y merecidamente— a su hermana mayor en las preferencias de los espectadores. No obstante, remitiéndome a la antedicha cinta de Tarantino, el elenco de ‘Overlord’ se encuentra a años luz del testosterónico carisma que exudaban por cada poro Brad Pitt, Christoph Waltz y compañía. Sólo el danés Pilou Asbæk entrega un trabajo digno de mención en su enésimo papel de villano —cada uno más perverso que el anterior, ¿qué le habrá hecho este señor al karma? —.

Ni que decir tiene que integra el sufrido y pronto menguado pelotón de paracaidistas un ramillete de estereotipos donde, por supuesto, se respetan escrupulosamente las cuotas étnicas. Incluso lo comanda un duro —pero paternal, no vayamos a molestar encima al colectivo de suboficiales— sargento afroamericano. Porque lo del racismo en EE. UU. son imaginaciones propias de europeos decadentes y filocomunistas.

En fin, el conspicuo aprendiz de rey Midas J. J. Abrams respalda con su nombre y dinero un proyecto al que seguramente le hubiera sentado mejor estar menos lastrado por la voz de su amo y mirarse en el espejo, modesto pero muy disfrutable, de ‘Deathwatch’ (ídem, 2002), bizarrada carpenteriana que, si no la conocen, les recomiendo encarecidamente.

¿Pasa el corte?
Overall
2.8
  • Originalidad
  • Edición y Montaje
  • Fotografía
  • Banda sonora
  • Guion
  • Interpretaciones

A destacar

  • Lo mejor: la salvaje escena inicial, gozoso festín de efectos digitales.

  • Lo peor: la rutinaria, poco novedosa e incluso plagiaria película que sigue al memorable planteamiento.

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