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‘Devs’, en caso de duda, tire de multiverso.

Parafraseando a Jaime Gil de Biedma, como todos los jóvenes —si bien, a sus cincuenta años, ya no tanto—, Alex Garland vino a llevarse la vida por delante. Actitud encomiable en su romanticismo que conlleva, no obstante, una consecuencia artística peligrosa: es capaz de lo mejor y de lo peor, en muy corto espacio de tiempo y sin solución de continuidad.

Así, cocinero antes que fraile —novelista y guionista de cabecera de Danny Boyle, otro que se quedó por el camino—, a su prometedor debut con ‘Ex Machina’ (ídem, 2015) siguió un bodrio cósmico como ‘Aniquilación’ (Annihilation, 2018).

A caballo entre ambas podemos ubicar esta ‘Devs’, con la que Garland pone su granito de arena en la Edad de Oro de la TV o en la Burbuja de las Series, según el grado de entusiasmo (a) crítico de cada cual.

No puede negársele a Garland su talento para crear imágenes de enorme capacidad sugestiva, hermosas e inquietantes a la vez; así como unas ambiciones intelectuales igualmente desusadas.

Sin embargo, anida en él un anhelo de sentar cátedra en cada fotograma, de pasar a la historia —y además hacerlo YA—, común a otros cineastas de sus mismos pelaje y generación —caso de Denis Villeneuve o Christopher Nolan— y que en ocasiones se antoja particularmente molesto. Alguien debería recordarles que hay vida más allá de Kubrick, o Tarkovski, un sinfín de realizadores a los que imitar si, para su desgracia, nunca acabasen de encontrar una voz propia.

‘Devs’ comparte el sugerente punto de partida de Ex Machina —un endiosado magnate tecnológico al que se le empieza a ir la arrogancia de las manos—, pero no su minimalista desarrollo, aquí sustituido por un batiburrillo de espionaje industrial, Big Data y grandilocuencia pseudo-metafísica; ni mucho menos su impecable resolución, pues para salir del atolladero sus responsables se ven obligados a recurrir al socorrido y, por ende, algo —últimamente bastante— trillado multiverso.

Como éste, al parecer, les sabe a poco, lo sazonan con un pellizco de eterno retorno sobre la bocina que no hace sino acabar de aguar las posibilidades que encerraba la propuesta. 

También en el apartado interpretativo deja esta ‘Devs’ bastante que desear. Para su atípica protagonista se escoge a una gélida Sonoya Mizuno, vista en ‘Ex Machina’, donde no emitía un solo fonema.

Aquí articula un poco más —qué remedio, debió de pensar—, pero tampoco es que se deje llevar por un torrente de emociones precisamente, y mira que las circunstancias invitaban a ello. En lugar del demiurgo cuántico demandado por el guion, Nick Offerman parece un Jesucristo postmoderno que hubiera estado practicando el milagro de los panes y los peces con Big Macs.

 De los secundarios, sólo Allison Pill y el veterano Zach Grenier entregan papeles dignos de reseña, viéndoseles ciertamente cómodos en sus roles de lumbrera —ella sí— y matón sin escrúpulos, respectivamente.

Porque Jin-ha Oh hace gala de una exuberancia gestual análoga a la de Mizuno, con un único ademán —entre las molestias estomacales y una sorpresa permanente— para todas las situaciones, balazos a quemarropa incluidos.

Karl Glusman, por su parte, no hubiera dado el pego como becario prometedor ni en éste ni en los infinitos mundos posibles; con esa pinta de ultra del Spartak de Vladivostok, no extraña que lo desenmascaren apenas comenzado el primer episodio.

En fin, no queda sino recomendarle a Alex Garland una pequeña cura de humildad, armarse de paciencia y asumir que su obra maestra está por llegar, contando además con la posibilidad de que, pese a sus incuestionables dotes, ésta no se erija en piedra angular del séptimo arte.

Tráiler

¿Pasa el corte?
Overall
2.8
  • Originalidad
  • Fotografía
  • Interpretaciones
  • Guion
  • Edición y montaje
  • Banda Sonora

Puntos fuertes

  • El talento de Garland para crear imágenes de enorme capacidad sugestiva
  • El consuelo de saber que su obra maestra está por llegar

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