Jaime Garzía Iglesias

Visto camisas y tengo tatuajes. Me gusta el fútbol como para gritar un gol de un equipo de segunda inglesa, el cine como para tatuarme ‘El séptimo sello’ de Bergman, el pádel como para buscar varios partidos semanales, el sol, a poder ser con una cerveza en la terraza, los animales que tienen cuatro patas, los versos que erizan el corazón y la entrepierna y las voces cantautoras que arañan el alma.

Crítica de ‘Sinjar’ (Anna Bofarull, 2022), necesaria, intensa, compleja.

En Barcelona, Carlota emprende desesperadamente la búsqueda de Marc, su hijo adolescente que ha huido de casa sin dejar rastro. A miles de kilómetros, Sinjar, la región situada en la frontera entre Irak y Siria, vive bajo la amenaza de la guerra. Allí, Hadia es obligada a vivir como esclava junto a tres de sus hijos al servicio de una familia. En cambio, Arjin consigue escapar del cautiverio y, en su intento de regresar a casa, termina uniéndose a las milicias kurdas. Tres mujeres separadas de sus seres queridos. ¿Hasta dónde estarán dispuestas a llegar para recuperarlos?