Sexo, sin más.

Dos cuerpos y mucha, mucha ternura. Suavidad y dulzura acompasadas en caricias y besos; y algún que otro mordisco. La elegancia vestida en un recorrido desde el final de la espalda hasta el comienzo de la nuca; o desde el hombro hasta el borde de los dedos de la mano derecha. Un beso en el tobillo, otro en el dedo meñique, y un tirón del pelo suave, que hace que la cabeza se yergue, abriendo paso a una boca sedienta de otra boca. Alientos, y lengua disfrazada de lujuria y capricho, que balancea su inquebrantable baile por una piel delicada y con tacto aterciopelado. Baile a ritmo de la música que cada uno posea en su subconsciente, de dos caderas acompasadas en un movimiento que ahoga gritos de placer, suspiros de éxtasis y potencia desbocada.

Dos cuerpos y mucha, mucha delicia. Dureza y descontrol dados de la mano en un frenético movimiento de cuerpos, embelesados el uno en el otro, y en saliva, fuerza, empujones y bocados varios. Sudor, anhelo y desenfreno ataviados con sus mejores galas de éxtasis y lujuria; pasión y necesidad. El instinto más primario marcando cátedra del sentimiento arraigado hacia lo deseable. Potencia y sabor, aroma de una idea fija hacia la pérdida total de la consciencia y de la ecuación espacio-tiempo, promulgando las más escondidas y recónditas pasiones del ser. Manos agarradas, cuerpo inmovilizado y un ritmo endiablado y constante, rudo hacia el clímax final de cadera contra cadera; pelvis contra pelvis; y necesidad contra posesión.

Sexo.

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El sexo vencido hacia el deseo del éxtasis; de una liberación física, y muy posiblemente mental, del cuerpo más necesitado de otro cuerpo; desarraigándose de sí mismo, y siendo entregado al otro en pos del placer absoluto; y del reconfortante poder del instinto, para y por el otro. Cuerpos encumbrados en cuerpos, saliva; sudor; pasión; desenfreno; lujuria y deseo candentes el uno con el otro; en la más antigua, y mejor mezcla que jamás ha sido creada.

El sexo posee vertientes que confluyen en el mismo río; y muy pocas normas, por no decir ninguna. En el sexo, el más oscuro, el más natural, o el más increíble de los deseos tienen cabida, y sus posibilidades son tan variopintas como ninguna mente jamás haya imaginado.

Pero… ¿Dónde entra el cine en todo esto?

Es decir: el sexo, como tal, es reconocido a través de muchas aptitudes artísticas y muchos tantos creadores con dichas aptitudes a través de sus obras; y yo hablo del sexo en el cine de a pie; en el cine que proyectan en nuestras salas y que vemos en la sobremesa de un domingo con nuestra familia, dándose infinidad de situaciones incomodas. Ese sexo que ansiamos y que nos ruboriza; haciéndonos desear ser la persona de la pantalla y sintiendo el placer junto a él, la necesidad junto a él, y la misma lujuria que su cara nos proyecta. Esto nos posiciona en una situación privilegiada, visionando el exhibicionismo de la escena con marañas de ideas en nuestra cabeza, adoptando un papel voyeur que, en nuestro subconsciente, nos deja entrever lo excitante que resulta lo prohibido. Ese sexo que deja entrever que, hay una delgada línea entre películas con sexo, y películas de sexo.

nymphomaniac

Nymphomaniac (Lars von Trier, 2013), cuya proyección ha sido recientemente prohibida en Turquía, nos inyecta una dosis de adrenalina ante situaciones en las que no sabemos muy bien cómo hacer actuar a nuestro raciocinio, y sobre las que disfrutamos en busca del éxtasis inmerso en cada plano, y en cada visceral mirada que los partícipes se lanzan entre sí. Un sexo descontrolado, y un sexo que nos hace entrever dicha prohibición, y dicho placer ante ella, anhelando el sentir de cada beso y cada caricia que nos proyectan.

Pero no ha sido Lars von Trier el inventor de la parafernalia sexual ante la cámara; El imperio de los sentidos (Nagisa Oshima, 1976) demuestra todo lo que da de sí la información, y la longitud de la delgada línea de la que hablábamos antes. La angustia y la NECESIDAD –si, con mayúsculas- que la mujer siente ante la posesión del hombre enferma las mentes del ser más razonable, asistente de lujo de su propio calor corporal, y del aumento del mismo.


Una historia de violencia (Cronenberg, 2005)
desenmascara la necesidad de la seducción en el sexo. María Bello utiliza sus capacidades para seducir a un Viggo Mortensen que es incapaz de formular una palabra, ocasionando una mezcla de sudor y 69, de golpeos, arañazos y moratones en una escalera que vio más de lo que querría si tuviese memoria.
La mantequilla de Marlon Brando en El último tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972) acerca la facilidad para la posesión de un cuerpo en otro, y vuelve a mezclar el deseo y la seducción en una manera tan interpretativa como la miel en las piernas de Kim Basinger por parte de Mickey Rourke en 9 semanas y media (Adrian Lyne, 1986).
Aunque para hablar de seducción sin límites, y de la creación de un deseo con movimientos sin más y con anhelo de tocar sin llegar a ser lo sugerente que cabría, y de la implícita escena  propia, siempre podremos recordar a  Sharon Stone, y, posiblemente las piernas más reconocidas del cine en Instinto básico (Paul Verhoeven, 1992) –enorme titulo-.

Elena Anaya y Natasha Yarovenko son dos mujeres, cuya piel aparece durante la película como la suave sabana que cubre el cuerpo de la otra, y cuyos cuerpos muestran el éxtasis de una ciudad sensual por sí misma como Roma. La habitación de un hotel, la incertidumbre por el “qué será” y la pasión y posesión de ambos cuerpos no pasaron desapercibidas ni para el servicio de habitaciones del hotel, haciendo de

HABITACIÓN EN ROMA

Habitación en Roma (Julio Medem, 2010) una película donde el sexo lésbico que nos produce un ir y venir de frenesí descontrolado, y deseo ambientado en el lugar que ocupar en medio de ambos cuerpo sobre la cama de la habitación, permaneciendo enroscados de una u otra manera entre dos piernas, enormemente largas rusas, y otras dos, posesivas y atrayentes, de origen español.

Y tu mamá también. No; no hablo de la vuestra en general; hablo del film de Alfonso Cuarón, donde existe una maravillosa playa y un deseo, casi implícito de cualquier hombre, del sexo más visceral y necesario de una noche apasionada y deliciosa. De más de dos cuerpos en un amor y culto al cuerpo, y en la exasperación del ya.

En cuanto al orgullo patrio; Jamón, Jamón (Bigas Luna, 2002) dio clases a Javier Bardem y Penélope Cruz sobre el sexo, y los placeres intrigados en cuerpos y almas. La pareja española de Hollywood calentó a jóvenes y extraños, y utilizó dicha pasión, y el morbo del público, para acercar el sexo a la lujuria, a algo tan primario como el respirar, y solamente comparable con el gusto del placer, con la necesidad de un éxtasis descuajeringado hacia el cuerpo de otra persona, y del duro clímax que envuelve al cine como tal, como pasión poderosa de hombre y mujeres deseosos de ser, sentir y estar en el lugar de pasiones y deseos, de amores y sensualidades varias. Lucia y el sexo (Julio Medem, 2001) marcó ese antes y después donde es implícito de verdad el sobrenombre de la película; donde el sexo es sexo, no ápice de sexo, y donde Paz Vega alzó la temperatura de generaciones sin control.

Bien; llegados a este punto, y ante la atenta e histórica mirada que posee el cine; es imposible recopilar escenas, polvos, o encuentros sexuales del cine en un artículo como tal. Hay tantas posibilidades, y tantos deseos escondidos a lo largo de las mentes, que es compatible crear millones de películas, separadas por esa delgada línea, de sexo sin censura, y de pasiones oscuras o reencontradas. Hay tanto poder en el seno del sexo, que el hecho de la seducción cinéfila para con la percepción de la misma obra; que dicho instinto; que dicho deseo y descontrol sexual, se encuentran en el punto alto de la cima piramidal comercial, encumbrando así al ser como un animal, como un sentimiento interior que salta a la palestra en cuanto se quiere, cada vez con más visceralismo y pasión, y haciéndonos alcanzar clímax desde la pantalla.

Y eso demuestra la maravilla sensorial que puede llegar a ser lo referente al celuloide, escondiendo sentimientos y flujos en una razón sexual y en deseos y anhelos hacia el instinto básico, que explota en el éxtasis de la obra, haciéndonos gemir con cada movimiento pélvico del ser, al otro lado de la pantalla.

Pero ya lo dijo Lucía (más o menos): “Tienes que elegir, o polvo salvaje con desconocida, o polvo de amor con salvaje conocida.”

Jaime Garzía Iglesias

Diseño Gráfico, Editorial & Web. Redactor: Escribo peor de lo que leo, pero mejor de lo que creo, desde que descubrí que la poesía me poseía; y ya no hubo vuelta atrás. Descubrí el cine con la razón, y meriendo películas desde entonces. Vivo entre el café, la lluvia en la ventana; las guitarras del rock y las rimas del rap.

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