‘Ratatouille’ (Brad Bird, 2007): Lecciones de humildad (y cine)

    En la reciente y aclamadisima película de Pixar ‘Del revés’ (Pete Docter, 2015) hay un guiño brillante – como casi todo en esa película – en el que Alegría intenta recoger el contenido de dos cajas – una de “Certezas” y otra de “Opiniones” – que acaban de derramarse por el suelo. Al no saber a qué caja pertenece cada bola, ella intenta colocarlas con apuro, pero cuando Bing Bong repara en su reacción le advierte “No te preocupes, ésas se mezclan todo el rato”. Este ingeniosísimo detalle que a muchos espectadores habrá pasado desapercibido es seguramente uno de los más acertados del metraje y también uno de los que mejor conectan con la deliciosa ‘Ratatouille’ (Brad Bird, 2007), donde todo viene a estructurarse como una lucha de fuerzas entre esas dos cajas, si bien lo hace bajo las distintas apariencias que la segunda de ellas (la opinión) pueden tomar, a saber, tras su disfraz de prejuicio, de rol social asignado o de prepotencia.

El salto de Pixar a la madurez

    Esta segunda colaboración de Brad Bird con el estudio Pixar tras la magnífica ‘Los increíbles’ (Brad Bird, 2004) supone la culminación de un salto que el estudio del flexo llevaba tiempo preparando: el salto hacia la madurez. El equipo de John Lasseter ya había hecho gala de una sorprendente sensibilidad que se convertiría en marca de la casa y a la cual irían incorporando elementos cada vez más adultos, como, por ejemplo, la aterradora sinopsis de la aparentemente inocente ‘Buscando a Nemo’ (Andrew Stanton, 2003); no obstante, hubo que esperar hasta la anterior cinta de Bird – donde se retrataba a una familia disfuncional para abordar temas en principio tan ajenos a los niños como los celos, la frustración, la renuncia o la melancolía – cuando consiguió resquebrajar ese cascarón de las “películas infantiles” que la llegada de Rémy y compañía terminaría por quebrar por completo hasta eclosionar con genialidades posteriores como ’Wall-E’ (Andrew Stanton, 2009), ‘Up’ (Pete Docter, 2010), ’Toy Story 3’ (Lee Unkrich, 2011) o la ya mencionada ‘Del revés’.

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    Por supuesto, esa madurez es, en primer lugar, una madurez técnica: su animación es tan brillante y compleja que no deja de sorprender tanto con el enérgico ritmo de sus persecuciones como con el detalle en el retrato de París, en el pelaje de los animales o, sobre todo, en la comida, que logra la difícil tarea de hacer apetitoso cualquiera de los platos digitales que salen de la cocina de Gusteau’s, del mismo modo en que la minuciosa banda sonora compuesta por Michael Giacchino consigue transmitir a la perfección, con su toque jazzero y ‘cool’, tanto el ambiente parisino y de alta cuna como el andar frenético de los roedores protagonistas. En segundo lugar, podemos hablar también de una notable madurez narrativa, como demuestra, por ejemplo, el hecho de que a pesar de recurrir a los animales parlantes estos se comuniquen mediante signos y ruidos con los seres humanos o, sobre todo, con esa apabullante capacidad para transmitir – en uno de sus mayores hallazgos visuales a pesar de su extrema sencillez – el placer de cada mordisco mediante el simple uso de formas y colores moviéndose con extremada precisión alrededor del personaje. No obstante, donde realmente destaca narrativamente la película es en su brillante clímax, con el cual se distancia doblemente de las típicas películas de animación, pues, además de atreverse a darnos un final frenético sin necesidad de ningún tipo de enfrentamiento físico ni de pirotecnia, consigue portar sobre sus hombros el asombroso hecho de que la épica y brillantísima catarsis final (y moraleja de la historia) no venga de la mano de ninguno de los protagonistas sino por parte de un personaje que tan sólo aparece durante un total de 10 minutos en todo el metraje y que además funciona como principal antagonista de la obra, llevándonos así a la paradójica conclusión de que el mayor enemigo del hombre es el hombre mismo, tanto para sí (la amargura de Ego) como para sus congéneres (el suicidio de Gusteau propiciado por la falta de reconocimiento), especialmente cuando nuestro carácter abandona la honestidad o la empatía y pasa a envenenarse con el altanero brebaje de la pedantería.

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    Llegamos así al punto clave de esa madurez que defendemos que caracteriza a la película: el carácter plenamente adulto de su mensaje, difícilmente comprensible para la gran mayoría de los niños que se estén divirtiendo con la historia de la rata que quiere ser un chef y del torpe chico que no sabe cocinar, pero perfectamente palpable para cualquier adulto que esté posando sus ojos sobre la pantalla. Lo que aparentemente podría ser una simple y manida historia sobre la superación personal, la confianza en la realización de los sueños propios y la sublimación del mantra “lo consiguieron porque no sabían que era imposible”, se transforma en toda una defensa de la humildad y de la aceptación, tanto social como personal, pegando así un salto desde el ámbito privado al ámbito social y, lo que es más sorprendente aún, saltando de la moraleja ética a la estética, pues nos muestra que toda obra y toda crítica deben estar impulsadas por el respeto hacia el receptor la misma.

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Prejuicio, ética y crítica

    El distanciamiento y el rechazo aparecen, pues, como la materialización del prejuicio y del orgullo. Por una parte, tenemos la separación más evidente: la que hay entre las ratas y los humanos, que bien podría equipararse en el fondo a cualquier guerra civil, y que nos muestra el absurdo del rechazo social de ciertos colectivos cuyo único desenlace posible es el enfrentamiento y el odio mutuo. La hostilidad, palpable tanto en los humanos que persiguen a muerte a las ratas como en las ratas que, temerosos de los hombres, son incapaces de concederles ningún tipo de confianza, impide cualquier entendimiento posible, dejando que sea el prejuicio en ambos casos (los unos porque son sucias y culpables de la peste; las otras porque continuamente están intentando deshacerse de ellas) y no la voluntad de acercamiento quien gobierne cualquier posible relación, algo que tristemente estamos demasiado acostumbrados a ver y a aceptar en las páginas de los periódicos y en eternos conflictos como el de Israel y Palestina. El rol de Rémy y de Linguini viene precisamente a quebrar esa hostilidad al soltar el lastre del prejuicio y al lograr que, gracias a su voluntad y aceptación, se alcance la conciliación e incluso la colaboración entre ellos. Aunque con ello tendríamos ya planteado el paradigma a gran escala del rol que el prejuicio puede jugar en las relaciones sociales, la cinta de Bird decide hacer un retrato aún más exaustivo del fenómeno discriminatorio, pues, en segundo lugar, el personaje de Colette vendría a escenificar el rol que juega la discriminación sexual, ya que ella, como único personaje femenino de la función, deja claro que el esfuerzo que ha tenido que hacer para llegar a formar parte de un colectivo donde la mayoría son hombres es muy superior al que cualquiera de sus compañeros, dejando claro con ello que, independientemente de las capacidades personales, ese oficio – como otros muchos – responde a una correlación previa e infundada sobre el puesto a ocupar dependiendo del sexo del candidato.

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    Por último, tendríamos a Anton Ego, ese claro descendiente del Nosferatu de Murnau convertido en representante de la lucha interna entre el prejuicio y la honestidad, y para el cual un plato tan inesperado como el Ratatouille (prejuzgado una vez más como demasiado basto para la alta cocina) le ofrece la mejor lección posible: recordarle que por encima de la imagen y del orgullo personal somos todos portadores de una humanidad y de un calor fundamentales para no derrumbarnos y para mantener en pie a nuestros congéneres, pues ¿qué es ese Ratatouille que le ofrecía su madre sino una metáfora de la sencillez, el resguardo y el cariño honesto? O, visto desde el punto de vista contrario, ¿qué es si no el respeto aquello que no estuvo dispuesto a ofrecerle a Gusteau, quien, como si fuera el reverso de Ego, también hacía depender su felicidad de su imagen? Así, pues, vemos que el prejuicio y el orgullo (dos caras de la misma moneda) se componen de tres elementos que se retroalimentan: el prejuicio comunitario, según el cual rechazamos a las comunidades que difieren de la nuestra; el prejuicio social, que genera una jerarquía y unos compartimentos estanco segregando grupos en el seno de la propia sociedad; y el prejuicio personal, que es el que establece la primacía de la apariencia sobre la honestidad. De ahí que la película ponga todos sus esfuerzos en combatir esa anticipación del juicio, ese prevalecer de la opinión convertida en certeza, y cuyo mejor ejemplo es el libro de Gusteau “Cualquiera puede cocinar”, lo cual, al contrario de lo que puede deducirse inicialmente, no supone una banalización del arte ni del artista sino una apertura al desarrollo del mismo independientemente de su origen pues, como muestra la película, es tan poco significativo el ser hijo de una rata como ser el vástago de Gusteau a la hora de conseguir ser un gran chef.

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Un canto a la honestidad

    Así, pues, este tercer largometraje de Brad Bird (cuyas dotes narrativas ya habían sido demostradas en ‘El gigante de hierro’ (1999), su genial ópera prima) se convierte en todo un canto a la honestidad, cuya mayor expresión es la de la humildad, la del juicio consciente y el respeto tanto por la hecho/obra como por el artífice/artista, pues la cocina aquí no funciona sino como paradigma de cualquier manifestación creativa. De ahí que la película llegue hasta el punto de advertir al espectador y, sobre todo al crítico, de que el juicio estético guarda en su seno una implicación moral, aunque sólo sea porque éste se formula haciendo referencia a la creación de otra persona que, con mayor o menor suerte, ha intentado darle forma; de este modo se apuntala que, como comentábamos hace tiempo de la mano de Jean D’Yvoire, la labor del crítico no es la destruir el objeto analizado ni mucho menos la de intentar mirar por encima del hombro a la obra sino más bien la de lograr exprimirla hasta sacar de ella todo su jugo, ofreciéndole al público las herramientas para llegar hasta su pulpa, ya sea ésta dulce o amarga, pues hasta en las semillas del fruto podrido hay siempre algo que mostrar o, mejor dicho, algo que aprender, dejando con ello en evidencia el total despropósito de programas de televisión como Master Chef o Pesadilla en la Cocina, cuyo principal reclamo para el público es el de la humillación de los participantes, lo cual no sólo no alimenta el gusto sino que destroza la capacidad de juicio y de respeto de una sociedad enferma por su uso de la burla como base del humor y de la humillación como aparente condición indispensable del criterio.

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    Por todo ello, ‘Ratatouille’ (cuyo título es uno de los más redondos de la historia del cine en la medida en que representa tanto su mensaje (la sencillez y la honestidad) como a su propia historia al incluir la palabra “Rata” dentro de un contexto gastronómico) consigue crear una película que es tan entretenida y fascinante como enriquecedora para cualquier espectador, demostrando con ello que Pixar acababa de dar ese salto hacia la madurez del que hablábamos anteriormente, pues el público principal de su historia y de su mensaje ya no son los niños, sino esos adultos que, por puro prejuicio y orgullo, suelen estar tan poco dispuestos a recibir lecciones, especialmente si quien se las pretende dar es esa supuesta infantilización del séptimo arte que es el cine de animación.

Diego Rufo

Amante del cine desde que pisó por primera vez una sala de proyección con 3 años, lleva desde entonces dando vueltas en espiral alrededor de esta pasión a través de sus estudios en Filosofía, la organización de Cinefórums en la Universidad, y por supuesto, la constante formación a través de libros y, cómo no, de películas.

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