Crítica de ‘Los odiosos ocho’ (2015, Quentin Tarantino): El deleite de la cinefilia

   Sabemos que un director se ha convertido en ‘autor’ cuando su apellido se convierte en un adjetivo: tenemos películas muy ‘woodialenescas’, aunque dentro de la filmografía del neoyorkino haya algunas que son muy ‘bergmanianas’ del mismo modo que algunos se debaten entre si un film de acción es muy ‘spielbergiano’ o si, por el contrario, es más bien ‘nolanesco’. Sin embargo, el concepto de autoría no sólo afecta al lenguaje, sino que confecciona esquemas mentales y expectativas que funcionan como arma de doble filo, pues al mismo tiempo que éstos facilitan la interpretación y el juicio sobre la obra, también son los que se encargan de corromperla.

   En este sentido, Quentino Tarantino es un director con un caracter fuerte y reconocible (‘tarantiniano’) que le ha hecho convertirse en uno de los realizadores más idolotrados y odiados por los espectadores. Prácticamente todo el mundo tiene ya un juicio formado sobre él y su filmografía, por lo que cualquier acercamiento a su obra vendrá forzado por unos esquemas predefinidos acerca del contenido que deberá tener la obra. Todo defensor estará dispuesto a maravillarse con los diálogos ágiles, con las divertidas bravuconerías de sus personajes, con sus maravillosas referencias y con la lúdica violencia explícita, mientras que cualquier detractor lo rechazará de antemando por sus interminables conversaciones, su inagotable egolatría, su irremediable cinefilia y sus excesos hemoglobínicos. Sin duda, en el caso de ‘Los odiosos ocho’ ambos podrán pronunciar de nuevo el inmortal ‘Bingo’ del General Landa, pero al mismo tiempo se encontrarán igual de perdidos que Vincent Vega al entrar en la casa de Mia Wallace, pues la horma del zapato de este octavo film del director es que será considereado muy poco ‘tarantiniano’ por parte de sus fieles acólitos, pero demasiado ‘tarantiniano’ para los ojos de sus detractores. La película se postula así como la más inaccesible de toda su filmografía, algo a lo que a priori tampoco ayudan sus 167 minutos de duración. Sin embargo, aún se puede reconocer un pequeño destello de esperanza para disfrutar de este (magnífico) nuevo film de Tarantino: la cinefilia.

Los odiosos ocho (Kurt Russell - Samuel L Jackson)

   ‘Los odiosos ocho’ es una película tan consciente de sí misma, tan grandilocuente en sus ambiciones, tan excesiva a todos los niveles, que tan sólo podrá disfrutarse regocijándose en ello, intentando ser partícipes de ese romanticismo que Tarantino quiere transmitir por el cine (y, para qué negarlo, también por sí mismo). Por ello, a riesgo de satisfacer únicamente al público aficionado a la cinefilia, la película exige un doble distanciamiento: por una parte, distanciarnos – como decíamos – del autor en la medida de lo posible para evitar que durante su primera hora y media la impaciencia haga ebullir las venas de sus acólitos, y que durante la segunda mitad ninguno de sus detractores se atore en demasía; por otra, nos exige una cierta perspectiva temporal, pues debemos trasladarnos a la época de los westerns de Sergio Leone o de Sam Pekimpah, con los cuales comparte, además de una estética perfectamente reconocible gracias a la maravillosa fotografía de Robert Richardson y su maravilloso uso de los SuperPanavisión 70 mm, los gustos narrativos de ambos, que funcionan como almas complementarias de la película. Así, mientras la pausa con la que se desarrolla la mayor parte de la película nos devuelve a la calma tensa característica de Leone (¿”sergioleoniana”?), donde el espectador se debía sumerger en cada situación sin precipitación para respirar su aire enrarecido (y cuyo mejor ejemplo podría ser aquel memorable comienzo de ‘Hasta que llegó su hora’ (1968, Sergio Leone)), mientras eso ocurre, la explosión de violencia contenida del inolvidable final de ‘Grupo Salvaje’ (1969, Sam Pekimpah) va colándose por los resquicios hasta hacer acto de presencia. No obstante, como ya advertíamos al principio, esta apropiación de las marcas de autor de otros realizadores no suponen una renuncia absoluta al toque “tarantiniano”, sino que se convierten en el abono necesario para que éste se saque algunos brillantes monólogos marca de la casa (como ese Tim Roth hipereducado explicando las diferencias entre la justicia legítima e ilegítima o Samuel L. Jackson hablando con Bruce Dern en el momento visagra de la película) o que se regocije en la vertiente más cruda de la violencia cuando la calma ya ha cedido su lugar.

Kurt Russell, Jennifer Jason-Leigh y Bruce Dern en 'Los odiosos 8'

   Narrativamente la película aporta poca novedad, simplificando al máximo su premisa para forzar que una serie de personajes coincidan en una misma habitación diáfana sin posibilidad de rehuirse y sin saber muy bien quiénes son sus interlocutores, algo que, en cierto modo, nos lleva de nuevo a los orígenes de Tarantino con su espléndida Reservoir Dogs (1992). Sin embargo, esa simpleza (casi teatral) en el relato, que ampara más bien pocas sorpresas, es justamente su gran virtud, pues gracias a ello será posible centrarse en disfrutar plenamente de unos personajes (y unos actores) magníficos y ambigüos que se complementan a la perfección y que hacen que – más allá del inevitable carisma de Kurt Rusell o Samuel L. Jackson – todos ellos sean prescindibles, pues ninguno de ellos goza por completo de una situación protagonista ni tampoco ninguno se erige en centro moral o empático de la historia. Junto a ello, el preciosista cuidado de la imagen grabada en 70mm, su osadía de usar la mayor parte del tiempo ese formato ultrapanorámico (perfecto para grandes paisajes) en un espacio cerrado perfectamentediseñado, su espléndida banda sonora a cargo de Ennio Morricone o su intento velado por ofrecer una visión pseudopacifista sobre el pozo sin fondo de los prejuicios xenófobos, misóginos o meramente gregarios, hacen que a pesar de las filias y las fobias hacia el director, a pesar de su simpleza narrativa y de su abuso (más o menos gratuito) de la violencia explícita y de la hemoglobina, la película siga luciendo majestuosa ante los ojos de todo aquel espectador hedonista que esté dispuesto a disfrutar de la proyección sin pensar en lo que pueda aprender de ella moral o históricamente.

Los odiosos ocho (Tim Roth - Walton Goggins)

   Ahora bien, si ‘Los odiosos ocho’ acaba exigiendo mucha mayor implicación por parte del espectador para que realice, en ciero modo, un salto sin cuerda, es porque más allá de tener que liberarse del prejuicio hacia el autor o de sumergirse estéticamente en el pasado, la película nos incita a viajar ‘vivencialmente’ a la época de los grandes estrenos épicos de ‘Lo que el viento se llevó’ (1939) o ‘Ben Hur’ (1959), como bien demuestra el hecho de que en Estados Unidos (y únicamente en el Phenomena de Barcelona en España) se hayan planteado una serie de Roadshows en los que la película podrá disfrutarse como un evento de más de tres horas donde, al igual que ocurría en aquel entonces, se hacía una obertura y un intermedio. Cuando hoy en día ir al cine se parece cada vez más a ir de compras, como si el visionado en sí fuese un objeto de consumo más que una experiencia, y ahora que hay más seriéfilos que cinéfilos porque “una película de dos horas les da pereza” el salto que se pide a la mayoría de los espectadores es enorme, pero sin duda es un vuelo que, a pesar de los excesos y de las carencias, de las manías y de las querencias, acaba retomando el placer de la experiencia cinematográfica y revindicando que su recuperación merece muchísimo la pena.

Diego Rufo

Amante del cine desde que pisó por primera vez una sala de proyección con 3 años, lleva desde entonces dando vueltas en espiral alrededor de esta pasión a través de sus estudios en Filosofía, la organización de Cinefórums en la Universidad, y por supuesto, la constante formación a través de libros y, cómo no, de películas.

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