La experiencia cinematográfica sin bandas sonoras: el oxímoron del cine

No sé por qué, pero me alegra poder introducir esta entrada de la forma en la que lo voy a hacer, al mismo tiempo que haceros partícipes de la experiencia que nos servirá de hilo conductor. Lo que voy a relatar a continuación me sucedió hace un par de semanas. Imaginaos, una situación de lo más normal: viernes, cervezas por la tarde y ocio. ¿Qué creéis que nos pasó? Nada trascendental, eso os lo aseguro. Simplemente acabamos jugando al Party & Co. toda la noche. Ya sabéis, el juego de mesa que entre sus cuatro tipos de actividades una de ellas tiene que ver con hacer mímicas o tararear canciones.

Para mi sorpresa, la tarjeta que elegimos nos pedía que un miembro del equipo tararease la canción que abre la secuencia inicial de todas las magníficas películas de la saga Star Wars. Sí, ya sé lo que estaréis pensando muchos de vosotros, “bah, esa canción no es especialmente complicada conocerla”, y tenéis toda la razón. Pero, por pura casualidad y una vez resuelta satisfactoriamente, me desenmascaré como un auténtico y genuino aficionado de las bandas sonoras del cine.

¿Adónde voy a parar con todo este galimatías? En resumidas cuentas, me apetecía compartir con todos aquellos seguidores de Magazinema mi afición por este pilar fundamental de la historia del cine. Por poneros un simple ejemplo, ¿cuántos de vosotros no recuerda antes el leitmotiv musical de la película Amélie que el nombre de la actriz principal? O, ¿seriáis capaces de concebir una película como El rey león sin la música que acompaña de principio a fin su historia? Y, por finalizar de alguna manera, ¿hubieseis gimoteado de la misma forma si en las escenas más emotivas de Up, Michael Giacchino no hubiese tenido tan buen gusto en la composición?

Compositores de cine en activo

Por ello, a los que somos aficionados al análisis y al disfrute del séptimo arte, aunque esto tendría que generalizarse a otros ámbitos, nos deberían asaltar tres cuestiones constantemente. En primer lugar, deberíamos aprender a reconocer aquello que es buen cine del que no lo es. A esto le sigue conocer qué hace de una cinta una buena película y qué no. Por último, también debemos saber cómo interpretar los diferentes mensajes que quieren trasmitir al público. En definitiva, en el reconocimiento, la explicación y la interpretación del séptimo arte, un buen examen de las bandas sonoras enriquecerá el resultado final de nuestra experiencia cinematográfica. Esto convierte al título que encabeza esta entrada en un puro oxímoron, esto es, en una contradicción en sí mismo. El cine, desde sus más remotos orígenes, nunca fue mudo del todo; es más, siempre estuvo acompañado de una banda sonora que destacase las emociones y todos aquellos aspectos que el director quisiera reseñar.

Asimismo, mientras escribo estas líneas, recuerdo una cita en Filosofía del Arte, libro de José García Leal, esteta y filósofo del arte españoles donde los haya, cuando sentencia:

«La reflexión [sobre el arte en general y el cine en particular] ha de germinar en el campo abonado del sentimiento y la corporalidad. Pero todo esto no debe hacer perder de vista que la experiencia estética se enriquece con la reflexión, que se siente y disfruta una obra cuando se la entiende, cuando nos hacemos cargo de su significado y de sus claves simbólicas.»

En cierto modo, todo el mundo tiene sus preferencias, y yo soy de los que opinan que no todo vale en las bandas sonoras. El antirelativismo marca mi forma de pensar. Por eso, aunque esta entrada es más una declaración de principios que un análisis concreto en sí mismo, en futuras entradas, dedicaremos el esfuerzo que se merece a conocer en profundidad las figuras de los grandes compositores de la historia del cine y cómo nos ha llegado su obra. Es decir, compositores de la talla de Henry Mancini, Ennio Morricone, John Williams, Howard Shore, James Newton Howard y un larguísimo etcétera. Me refiero, en principio, en aquellas bandas sonoras que se funden en una unidad indivisible con la imagen, que nos impiden concebir la cinta sin la armonía de la música y que la misma audiovisión de las secuencias nos estremecen de una manera que no alcanzaríamos a experimentar sólo con la imagen.

Debido a esta concepción de la experiencia cinematográfica y su relación con las bandas sonoras, me gustaría despedirme con aquellas maravillosas palabras de Adorno, famosísimo filósofo de mediados del siglo XX, en su obra Teoría Estética:

«Hasta llegar a esta época de total manipulación de la mercancía artística, el sujeto que miraba, oía o leía algo artístico debía olvidarse de sí mismo, serenarse y perderse en ello. La identificación a la que tendía como ideal no consistía en igualar la obra de arte con él, sino en igualarse él a la obra de arte.»

Este será el objetivo de esta sección: sentir y fundirnos con la totalidad de la película a través del examen de la música que viaja en paralelo y de la mano a la imagen.

Fco Javier Castro Toledo

Filósofo, criminólogo y académico 100%. Desde que el cineclub de la UGR me volvió adicto al cine, mi pasión por el celuloide se ha tornado patológica. El problema es que se trata de una enfermedad terminal.

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