‘El hombre de acero’ (Zack Snyder, 2013)

EL HOMBRE DE ACERO

Símbolo. Poder. Esperanza. Protector. Superhéroe. 

Son palabras y valores capaces de despertar de manera casi inmediata cálidas remembranzas que, en la mente del espectador, resguarda y protege el icónico traje de tonalidades azul y roja que conforma y da nombre e imagen al que probablemente sea, con permiso de arañas y murciélagos, el personaje de ficción superheroica más popular a nivel contemporáneo y mundial. Sin importar cuántas veces cambie el rostro que lo interpreta y define, la reconocible letra rojiza de su uniforme y su capa ondeando al viento siempre devolverán su identidad a nuestras conciencias, y con ella la ilusión imperecedera al verlo enfrentarse una vez más al mal en pos de salvar nuestro mundo. Así es, Superman ha vuelto al cine siete años después de su última (y polémica) adaptación, comenzando nuevamente la saga en forma de un reboot que narrará los inicios de Clark Kent como héroe en la Tierra y su posterior enfrentamiento contra el temible General Zod, todo ello orquestado bajo la atenta batuta de uno de los directores más afamados de la época, autor de obras de la talla de Amanecer de los muertos, Watchmen o 300.

Zack Snyder conoce a la perfección cuál es su campo de juego predilecto, domina sus ya más que reconocidas cualidades dentro del mismo y se explaya holgadamente con su acostumbrado pero siempre solvente talento, financiándose además para la presente ocasión con un mastodóntico presupuesto superior a los doscientos millones de dólares que da pie al más espectacular tratamiento audiovisual que el hábil director pueda ofrecer al público. Para asegurar un predecible éxito en taquilla respalda su proyecto con la maestría musical del ilustre compositor Hans Zimmer y con un plantel de actores que, sin destacar muchos nombres famosos entre sus filas, goza de talento para dar y tomar. A Henry Cavill el traje de Superman le queda como un guante, al igual que su superheroico papel, y sabe defenderse con solidez y carisma en su brillante interpretación. Amy Adams como Lois Lane y Michael Shannon como el General Zod completan junto a él un estupendo registro básico, cubriendo el trío protagonista del film (héroe, damisela y villano), y contando además con estupendos actores adicionales como Kevin Costner, Russel Crowe o Laurence Fishburne. El guión de David S. Goyer (con la colaboración del mismísimo Christopher Nolan), por otra parte, no supone uno de los pilares más importantes de la estructura narrativa. Tanto la historia como la forma de contarla, sin llegar a ser en absoluto mediocres, se conforman con un nivel por encima del aceptable y por debajo del notable, consecuentes a su mérito más bien secundario en la temática a tratar. La base sobre la que se sostiene toda la película a modo de cimiento principal es la propia especialidad de Zack Snyder y el origen de sus más valorados éxitos: el dominio de la exhibición en su vertiente más directa y llamativa.

EL HOMBRE DE ACERO 5El metraje, tanto escena a escena como en la suma de sus partes, es la perfecta definición de espectáculo audiovisual en su máximo exponente actual. El mero hecho de ver a Superman volando alrededor del planeta consuma la sublimación del insalvable abismo tecnológico que separa inexorablemente en el tiempo aquel famoso film de 1978 que representase por vez primera con acierto al colorido y poderoso justiciero en la gran pantalla del reciente reboot que, lejos de homenajear a su película antecesora, reinventa el concepto que retrata no sólo al héroe, sino al mundo que le rodea y del que procede, y lo lleva un grado más allá, adaptándolo a la actualidad y modernizándolo en no pocos sentidos. Los segmentos de batalla son demoledores en la más fiel y plena de las literalidades, derrochando efectos especiales en cada segundo de la liza y rematando con dinámicos y absorbentes ángulos de cámara que someten incluso al propio espectador a la obligatoria contemplación de la titánica lucha de la que es testigo. Se mezclan y conjuntan en caótica armonía desde los destructivos golpes de héroe y enemigos hasta edificios derrumbándose los unos sobre los otros, ondas expansivas capaces de devastar barrios enteros e impresionantes explosiones que, lejos de lograr amedrentar a los furiosos contendientes, no hacen más que servir de adecuado telón de fondo para la violenta disputa. Diálogos también los hay, pero salvo honrosas excepciones sólo lucen verdaderamente acertados en su connotación más épica, lo que no significa que dejen de ser tópicos y previsibles, cortados por el mismo patrón que el guión en el que se incluyen, si bien eso no impide ni por asomo que se disfruten de igual manera, siempre en conjunto con la protagonista absoluta de esta historia, la acción.

¿Para qué público objetivo está dirigido lo último de Zack Snyder? Para los que no van a compararla de forma casi sistemática y obsesiva con el film original del que inevitablemente ha de beber, para los que no esperen un largometraje tan profundo o cercano a la filmografía de Christopher Nolan como su colaboración podría sugerir, para los que no rebusquen en su guión queriendo hacer castillos de sus impurezas e imperfecciones, para los que no exijan una actriz más atractiva encarnando a Lois Lane, para los que sepan contraponer lo negativo a lo positivo y así poder valorar lo visto en consecuencia y, en especial, para los que simplemente gocen de una buena película repantigados en sus butacas con un generoso bol de palomitas en su diestra y un refresco cualquiera en su zurda. Es natural y previsible que El hombre de acero no sea un film destinado a gustar a todos los públicos (utopía inalcanzable ni en el mejor de los supuestos), pero sabe contentar a los que conocen lo que pueden y deben buscar en su metraje: diversión directa y accesible, la voluntad de un héroe luchando por salvar al mundo y el bien venciendo al mal una vez más. Todo lo demás es mera anécdota.

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Juan Pedro Rubio

Inofensivo estudiante de derecho durante el día, intrépido redactor online por la noche. Adicto al café, a las corbatas y al buen cine, siempre disponible para afrontar nuevos proyectos y esperar que me paguen por ello.

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