Las historias que nos cuentan

La parte primordial que envuelve toda creación, a merced de la imagen y la idea en sí, está compuesta por las vivencias propias o externas, así como de la imaginación, con el fin ansiado de la representación.

La historia.

Hablando de historia no como memoria ni como recuerdos; no como hechos concretos posibles de ser demostrados, ni de manifestaciones reales que posean algún tipo de prueba de haber sucedido. Si no la historia como relato, afán y deseo de contar. Como materia prima de un resultado final y concreto que envuelva la obra. Historias que construyen la obra y son el fruto de vivencias e imaginación, entremezcladas entre sí en la coctelera del artista. Creadas, estudiadas, y perfeccionadas hasta la saciedad con el fin de que la misma se torne perfecta y, sobre todo, única; con el único deseo de que lo que la precederá, la obra, constituya un fiel reflejo de su imagen y semejanza.

Estos recuerdos universales transcritos de generación tras generación; la perfección de la imaginación y el afán de contar, confeccionarán a su vez la posibilidad de la propia exclusividad que rodeará a estas, evocando la magnificencia que las ideas primarias tenían para su consecución. Es decir: tenemos los ingredientes de la historia: ideas, vivencias, imaginación y recuerdos; y tenemos el fruto de estos, que termina resultando historia como tal, como posibilidad y materia para la creación del resultado final, y de la meta de los ingredientes y el fruto: la obra. Una mezcla única cuya finalidad queda reflejada mucho antes del comienzo de la historia; en lo que evoca la posibilidad propia del artista que maneja los ingredientes para crear la historia.

Como ejemplos de historia, la memoria del hombre se encuentra henchida de recuerdos vividos, vistos y escuchados, evitando así la necesidad de invención que se le presupone a los mismos. En algo tuvo que fijarse Miguel Ángel para la construcción del Moisés; en algo tuvo que inspirarse Mario Puzo para escribir El Padrino; y algo tuvo que imaginar Julio Verne para escribir…bueno, todo.

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La vida de muchos artistas son la fuente inspirativa máxima para la creación de sus obras, así como las ideas principales y valedoras de estos que, ya bien utilicen o transmitan, con la finalidad de que la obra en sí sea real, y de que, sobre todo, la historia que, según sus creadores o vividores, merezca ser contada, se realice como tal, y se proyecte para su conocimiento.

Dichas historias recreadas, recordadas y transmitidas por el tiempo y las personas, son carne de cañón para terminar siendo dicha razón: la de la creación. Así, tras un complicado trámite, surge y nace la obra como tal, que interactúa con los ingredientes antes indicados (a recordar: imaginación, vivencias, ideas y recuerdos) y con su resultado (historia) para conseguir el resultado final por el que muchos viven, y por el que otros tantos sufren.

Este resultado, estas obras, terminan siendo la cumbre de la pirámide al esfuerzo y al trabajo; desembocando en el súmmum máximo que alberga dicha historia que poseía la certeza de merecer ser contada y escuchada por y para todos. A su vez, este resultado le debe todo a la maestría y habilidad del artista, que utiliza la verdadera inspiración para contar. Ergo, todo lo que rodea a una obra o resultado final, está envuelto por un invisible velo de devoción y dependencia de la historia, otorgando la cantidad justa de azúcar al café del artista; el acento al corazón de la obra. Sin historia, no hay obra.

Pero… ¿Dónde entra el cine en todo esto?

El cine tiene historias como tal, que le envuelven y dotan de su esencia y potencia, relevancia para con el todo. Pero las obras del mismo, del celuloide universal, son las que se nutren de las historias que las posibilitan y de las que dependen, si o si, de que lo que cuentan es un algo, por una mezcla de ingredientes que lo dotan de verdad y/o lo posibilitan. –sí, incluso el cine de Steven Spielberg– Las historias por tanto, dentro del cine, se definen para sí mismas como la materia de la creación que merece ser contada, y que nos transmite sentimientos volubles desde el miedo hasta la esperanza, pasando por la compasión; y nos nutre de conocimiento e imaginación en una magnífica relación cinéfilo-amante. No hay por tanto, cine sin historias que contar, y mucho menos sin ninguno de los ingredientes básicos que confeccionan el ser y existir de estas.

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Ahora bien, la manera del cine de alimentarse de historias para la creación de sus obras se ciñe más en imaginación y recuerdos, ideas, que en vivencias propias o externas (véase El hobbit, La vida de Pi, Nosferatu, Avatar, y un sin fin de ellos…); albergando tras de sí, y a lo largo de su historia (ahora si, como época o desarrollo sistemático de acontecimientos pasados relacionados con cualquier actividad humana) la mayor afluencia y cantidad de estas que hayan sido contadas.

Por tanto, cada película que se observe, se ha alimentado de una historia en cualquiera de las formas que su materia prima alberguen, cosechando así la obra magnífica y única que nos manifiesta un relato tan único como perfeccionado, con el fin de demostrar en nuestras mentes, de despertar en nosotros, algún sentimiento capaz de parecerse en lo máximo posible al que correspondía al artista en el momento de la creación del mismo, y cuyo resultado final le ha costado trabajo y deseo. Una obra dependiente en su totalidad de la maestría de éste y de algo contado, tan detalladamente, y con tanto afán de contar, que no se entiende el ánimo y la personalidad de la obra sin la historia, ni de esta sin imaginación, vivencias, recuerdos e ideas. Una obra, un postre, un resultado final otorgado a su artista en autoría y proyección, como potencia de primer orden ante el disfrute del consumidor de la obra; que se mantiene como el perfecto sujeto cuyo ser está siendo bombardeado de sensaciones y sentimientos.

Miyazaki

Contando el cine como resultado final, transmisor de emociones y contacto entre artista y cliente, la historia es lo que se ha de adorar como posible y capaz de realizar lo que tanto amamos, y como punto culminante de la idea, como resultado y antesala de la meta u obra, haciéndonos participes a todos de un pedazo de creación en el que, tanto queramos o no, formamos parte de dicha historia.

Pero ya lo dijo Sidney Lumet (más o menos): “Para cualquier director con un poco de lucidez, las películas son obras maestras que vienen a nosotros por accidente.”

Jaime Garzía Iglesias

Diseño Gráfico, Editorial & Web. Redactor: Escribo peor de lo que leo, pero mejor de lo que creo, desde que descubrí que la poesía me poseía; y ya no hubo vuelta atrás. Descubrí el cine con la razón, y meriendo películas desde entonces. Vivo entre el café, la lluvia en la ventana; las guitarras del rock y las rimas del rap.

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