El silencio.

Shhhh.

Callaos. Apagad cualquier tipo de aparato electrónico que esté emanando ruido. Dejad de hablar; e incluso intentad respirar bajo; que ni el sonido del oxígeno filtrándose rompa la armonía.

No os mováis, y quedaos muy quietos; centraos en este texto, en la pantalla callada y muda de vuestro terminal, y no atisbéis ningún tipo de fragor que lo rompa.

¿Lo escucháis? Ese momento exacto y magnífico en el que la relajación entra a través del estrés; en el que la calma gana la batalla al tumulto; en el que armonía derrota a la tensión y a la discordia. Ese momento exacto en el que el control de la respiración de cada uno da paso a un Nirvana propio.

¿Lo sentís ahora? La paz escapando de una imagen de paloma blanca y posándose en el alma; en la razón. Relajaos, y adoptad la postura que más cómoda os parezca; pues, tras practica y creencia, se logra escuchar.

La serenidad del instante. El grito ahogado. Silencio.

 

La magia que posee la negación del ruido, de la palabra, o de cualquier sonido, se encuentra formalizada en diversos factores, que son a su vez, los que lo crean y le otorgan el poder que formaliza su materialización en algo más que la nada.

power-of-silence

Un elenco de características y especificaciones que hacen del silencio un puente, un conducto por el que avanzar a un más allá. La existencia de este, al que podríamos otorgar el primer puesto, proviene de la necesidad de formalizar el placer por no hacer, no decir nada; un dolce far niente con ciertas diferencias del original. El menester de armonizar los sentidos en pos de un instante que permita escapar de la rutina o la notoria velocidad de vida, de la rapidez con la que se fraguan las acciones sin lugar para a la relajación; y la sabida fatiga que otorga esto a la mente.

En el que podría ser el segundo: dicha relajación que se ansía y necesita a partes casi iguales, es la que ofrece la necesidad de buscar este silencio, sabiendo que, el dichoso de su consecución, será capaz de recibir a cambio un momento de quietud para consigo mismo. Buscar la paz interior –y exterior- a través de esta relajación es la que alza a un lugar mayor a la reserva del sonido, armonizando el cuerpo y alma de uno hasta su propio control, y otorgando, así, de razón la búsqueda de este silencio, que da sin recibir.

Su oferta, que podría ser la tercera especificación, es la que esta completada a través del mismo, una vez se ha conseguido escuchar y sentir. Relajación, ansiedad, locura, espera o necesidad, entre otros tantos, son los muchos argumentos en los que se basan las consecuencias que se realizan una vez sentido y consentido dicho silencio, dicha omisión. Y a su vez, este, otorga la cantidad y la necesidad de obra justa que un momento de tranquilidad puede ofertar, para así actuar en consecuencia con el objetivo a alcanzar.

Y ahí es donde podemos colocar el cuarto; en la consecuencia que este silencio otorga al sujeto para la realización del acto, y que a su vez posee unas consecuencias derivadas de la sabia o nula utilización del mismo.

¿Vaya mareo, verdad? Callaos, conseguid escuchadlo, y lo entenderéis.

Pero… ¿Dónde entra el cine en todo esto?

Para el disfrute del cine y de las palabras que originan las películas, es necesario muy poco; aparte, claro está, de un cierto interés más allá del meramente entretenido. La sucesión de imágenes y palabras que nos explotan en la retina en cada film otorgan a esta la personalidad propia, y a su vez nos hace participes del disfrute de la misma, ya sea para bien o para mal. La calidad tan variopinta de estas obras, acontece a un lugar más profundo del gusto propio de cada uno, que se retroalimenta a su vez del disfrute de las mismas para hallar un punto de más en el visionado.

Pero para el disfrute del silencio en las mismas se necesita un algo más; una especie de sentimiento hacia el séptimo arte que aglutina ideales y connotaciones diversas y, sobre todo, propias; que hacen al sujeto capaz de ver ese instante que lo hace especial, el detalle que a todos se le escapa, o de escuchar ese silencio que quiere decir tanto con tan poco.

Así pues, el cine nos enseña la ejecución casi perfecta del silencio, utilizando su majestuoso poder para dar lugar a los sentimientos o acciones que hemos hablado en el tercer lugar, y a las consecuencias de cuarto; y lo maneja a su antojo de manera sublime para cada espectador, y para cada momento o trama que así lo precise.

Un claro ejemplo de la utilización de este silencio dentro del celuloide lo encontramos en ‘Lo que queda del día’ (James Ivory, 1993), en la cual Anthony Hopkins nos regala uno de los silencios qué más quieren decir, y que menos suenan: una mirada a la señora Kenton (Emma Thompson) en la que un beso puede resultar un colofón maravilloso.

Lo verdaderamente mágico del instante es la imaginación de la cantidad de palabras que resonarán en la cabeza del hombre, deseoso de declarar, de besar, de apretar contra sus brazos a una mujer por la que moriría; pero que no hace, y que tampoco expresa. Un silencio que grita amor como un susurro.

Pero no solo de amor vive el cine. ‘El secreto de sus ojos’ (Juan José Campanella, 2009) es un thriller de producción argentina que adquirió la estatuilla del mismo año como mejor película de habla no inglesa. En esta película, el silencio nos presenta la tensión y el miedo en bandeja, con la angustia de los protagonistas – Ricardo Darín y Soledad Villamil- en un simple ascensor.

La frialdad y brutalidad de una imagen tan callada transciende del sonido a lo físico, pues el miedo es una reacción que se presupone psíquica, y que aquí se nos muestra y palpa a través de tres labios sellados, y cuatro paredes muy –demasiado- cercanas como para correr.

Y como en todo silencio cinéfilo que se precie, salta a la palestra un nombre propio: Ingmar Bergman. ‘El silencio’ (Ingmar Bergman, 1963) nos enseña el silencio desde un punto de vista fraternal, en torno a la relación de dos hermanas que se ven obligadas a hospedarse en un lugar no muy del agrado de ambas; mientras recorren en tren un país extranjero.

Lo que hace esta película tan magna es la creación de la relación entre hermanas; como su casi incomunicación total crea unos lazos de odio y dependencia que van más allá de lo meramente familiar, a lo que asiste como espectador de lujo un niño, hijo y sobrino a partes iguales.

El silencio pues, otorga la posibilidad de ser escuchado para los dichosos que consiguen llegar a comprender que, su existencia y disfrute, puede hacer alcanzar cotas de experiencias que sobrepasan las normales, y alimentarse así de consecuencias que embriagan sentidos, tanto para bien como para mal.

Al fin y al cabo, la ausencia de sonido; este silencio tan magno del que estoy intentando hablar, está posicionado antes de millones de instantes con el fin de acentuar o liberar de presión a las consecuencias que puedan variar del mismo; y en el cine, la utilización de un recurso de manera especial, de maravillosa ejecución, se torna difícil y complicado; aunque son muchos más los ejemplos en los que encontramos esto para dar paso a la realeza en una escena, y a la crudeza en otra.

Un silencio antes de un beso; un silencio antes de una frase lapidaria; un silencio antes de una lágrima, una reconciliación o una despedida. Un silencio antes de un disparo; un silencio antes de un hasta siempre; un silencio antes de un hasta nunca. Un silencio a viva voz.

Pero ya lo dijo Mia Wallace (más o menos): "No los odias?, esos silencios incómodos. ¿Por qué necesitamos decir algo para rellenarlos? Es por eso que sabes que has encontrado a alguien especial. Puedes estar callado durante un puto minuto y disfrutar del silencio".

 

 

 

 

Jaime Garzía Iglesias

Diseño Gráfico, Editorial & Web. Redactor: Escribo peor de lo que leo, pero mejor de lo que creo, desde que descubrí que la poesía me poseía; y ya no hubo vuelta atrás. Descubrí el cine con la razón, y meriendo películas desde entonces. Vivo entre el café, la lluvia en la ventana; las guitarras del rock y las rimas del rap.

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