Crítica de ‘Partisan’ (2015, Ariel Kleiman)

Partisan - MagaZinema

Título original: Partisan

Año: 2015 (Australia)

Duración: 95 min.

Director: Ariel Kleiman

Reparto: Vincent Cassel, Jeremy Chabriel, Florence Mezzara

Guión: Valerio Attanasio, Andrea Garello, Sydney Sibilia

Fotografía: Germain McMicking

Música: Daniel Lopatin

Género: Drama.

Sinopsis: Alexander es como cualquier otro niño: juguetón, curioso e ingenuo. También es un asesino entrenado. Criado en un paraíso escondido, Alexander ha crecido viendo el mundo filtrado a través de su padre, Gregori. Cuando Alexander comienza a pensar por sí mismo, sus miedos toman forma, y el mundo idílico de Gregori se desenreda.

Crítica de ‘Partisan

por Lourdes Lulú Lou

“El sentenciador dolor ante la infidelidad de un padre

¿Cómo afecta la primera mentira de un adulto padre a su devoto retoño?, ¿ese cambio de mirada y perfección que circula de la idolatría y pasión a la desconfianza y recelo?; un rebelde ha llegado, nuevo compañero que lo trastoca todo, pues genera acciones de reacción imprevista que calarán en el espíritu de ese manso aprendiz que se volverá en contra, para erigirse enérgico corcel que renegará de su dueño.
Una incógnita continua te acompaña todo el relato, esa incesante cuestión de ¿para qué les prepara?, que te instiga todo el tiempo para mantenerse constante, incluso cuando su cruel revelación empieza a tomar forma y a hacerse efectiva su práctica.
Consterna al son que confunde, pues dilucidas parte del engranaje, de su motor de arranque y gasolina de kilometraje pero, faltan piezas expositivas en un núcleo que muestra pero se guarda mucho en el cajón, en esa decisiva mochila que suma puntos a cada salida, con una directa y ceremonial ejecución que se volverá contra su padre creador pues, como dijo Freud, hay que matar al progenitor para crecer y formarse como individuo, metafórico o no.
“Hermoso Alexander”, descubrir es peligroso, una ardua aventura cuya revelada información claudica en un alma bendita, que se enfrentará al dolor y valor de ser el protector de su recién nacido hermano Tobías, defensa y lealtad que nadie tuvo consigo.
Desconcierto y estupefacción guían tus pasos a través de un guión que ofrece pinceladas de planificación y coordinación, de rodaje y funcionamiento pero, no clarifica con contundencia ese idílico paraíso que rueda y evoluciona, que se obstruye y tambalea al paso de esa madurez de un muchacho, cuya estructura de existencia se viene abajo.
Un entregado Vincent Cassel como mesías redentor de esa peculiar comuna, de sanguinaria efectividad y aceptado consenso, cuyo cara a rostro se verá sacudido por esa mirada tierna, letal y mortífera de un Jeremy Ghabriel que acapara tu asombro, atención y ensimismamiento, en esa feroz y estudiada doma interrumpida bruscamente, ante el natural cuestionamiento de la buena vida y sus respetables normas, en un espabilado chaval que ya no cree por más tiempo en la palabra falaz de su maestro.
La descubres lentamente, con un pausado desasosiego e inquietud que va desmenuzando sus piezas, sin enseñarlas todas, dejando parte de su clave en el aire pero, lo suficiente en su tramposo juego como para que su acomodado salvajismo y artificiosa felicidad prendan en tu interés y perdure el fisgoneo todo el relato.
Sin ser sentencial ni contundente transmite su visión con despunte permanente de un interrogatorio que te lleva a seguirla con gusto continuo; sus no rellenados huecos no quitan que acompañes con facilidad, predisposición y querencia a este inocente chico en el hallazgo de esa maldad cariñosa, que te abraza al tiempo que manipula y usa según conveniencia.
Su originalidad de presentación e incógnita de apertura se tropiezan con su escasez de ideas para un centro repetitivo que no avanza ni se explaya en su motivación, únicamente sirve de puente y comodín para llegar a ese irremediable duelo de pupilo contra mentor; esa falta de argucia para conformar un cuerpo más agudo y potente resta puntos, aunque no anula ese despliegue de discípulo que adquiere las riendas de sus actos y opiniones, según diestras enseñanzas del pedagogo instructor que, como todos, también se equivoca.
Si a la idea, entrada y acto final, a la fotografía de una bendita comunión de hilos muy enrevesados; lástima que deje sin concretar preguntas husmeantes que, sin duda, tu razón solicitará; puede que el propio Ariel Kleiman no lo tuviera claro, de ahí que insista en misma rutina hasta llegar a la encrucijada de confrontar y romper ese síndrome de Edipo.
Aunque no satisfaga tanto como podría, entretiene y despierta tu sincero curioseo.
‘Partisan’, ocurrente por partes.

Tráiler de ‘Partisan’

Lourdes Lulu Lou

Lo importante sois vos y la película, yo mejor en segundo plano.

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