‘Open Windows’ (Nacho Vigalondo, 2014)

   El encuentro entre el personaje Augusto Pérez y su creador Miguel de Unamuno en la recta final de ‘Niebla’ planteaba a los lectores cuáles eran los límites entre persona y personaje, pues con aquella conversación se apuntaba que al igual que estos últimos son fruto de las maquinaciones de su autor, nosotros, que nos creemos tan reales, podemos ser al mismo tiempo el resultado de las sinapsis de un supuesto Nick Chambers mirando a cámaraDios de ambiciones literarias. Hoy en día, cuando parece que cualquier divinidad no es más que un vejestorio en el imaginario colectivo, ese rol de títere podría haber perdido su validez, y sin embargo, es en la actualidad cuando los límites entre ambos se encuentran más difuminados. Tomando como resquicio entre uno y otro el límite entre la interioridad (característico de la persona) y la exterioridad (propia del personaje) – pues separarlos apelando a la libertad acaba obviando que ésta no deja de ser una campana que resuena de fondo en ambos campanarios – nos damos cuenta de que con las nuevas tecnologías nuestra realidad ha inclinado nuestra balanza a favor de esta última: hemos pasado de lo lingüístico de las narraciones a lo visual de las grabaciones, del relato privado del diario al clamor popular de las redes y blogs, y del mundo mediato y acotado de la comunicación verbal a la inmediatez y universalidad que ha posibilitado el uso internet. Con estos elementos se compone el ADN del mundo contemporáneo, cáliz del cual bebe ‘Open Windows’, la nueva y arriesgada película del interesantísimo Nacho Vigalondo, quien consigue reflejar fielmente la realidad que plasma, aunque para ello acabe cayendo por desgracia en muchas de sus trampas.

   Al igual que hacía Hitchcock en ‘La soga’ (1948), ‘Open Windows’ es una película narrada a través de un único plano secuencia que se desplaza durante todo el metraje por un mismo espacio que, en este caso, no es ni siquiera un espacio físico, sino uno meramente virtual: la pantalla de un ordenador. No obstante, al igual que cuando nos asomamos cualquiera de nosotros a un monitor (y, en general, a cualquier pantalla) lo último que buscamos es permanecer allí donde estamos realmente, lo que la película reclama es la posibilidad de abrir sus ventanas para acceder a otros lugares (o, como parece proclamar la película, a cualquier lugar), permitiéndose con ello su uso como actualísimo sustituto a la esencial tarea del montaje cinematográfico.

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   Con estos escasos elementos y sirviéndose de esa intimidad que se ha vuelto potencialmente vulnerable con las nuevas tecnologías y con el exceso de cámaras a nuestro alrededor, ‘Open Windows’ consigue construir un relato totalmente lineal en lo narrativo, pero caleidoscópico tanto en su concepción visual como en su condición de thriller, sirviéndose para ello de una enrevesada red de hackeos que va desde lo más evidente (el que ocurre a cuatro bandas entre Nick (Elijah Wood), Jill (Sasha Grey), Chord y los informáticos franceses), pero que también incluyen al espectador (al fin y al cabo estamos accediendo a los contenidos de una pantalla que no es la nuestra) e incluso al director (quien se atreve a meterse en nuestra pantalla de cine para dirigir la atención a la ventana que más le corresponda), sugiriendo con ello una parábola del propio cine. Sin embargo, a pesar de su alambicada construcción y de lograr mantener un ritmo vertiginoso capaz de convertir a la película en un gran thriller, acaba exigiendo por porte del espectador un continuo acto de fe, sobre todo en los giros de guión finales, en el oportuno doble hackeo por parte de Chord y de los informáticos franceses y, especialmente, en lo que se refiere a la aceptación inicial por parte de Nick de Jill Goddard en bataentrar en el juego y cuya explicación no se resuelve hasta el final con la aparición de Nevada, habiendo dejado con ello al espectador como un funambulista que camina sobre un fino hilo de seda.

   Ciertamente, Vigalondo nunca ha sido un director de grandes sutilezas (algo que tampoco se le exige) sino de un ingenio desbordante apoyado en un sentido del humor tan absurdo como certero; sin embargo, en esta ocasión, donde la riqueza de niveles interpretativos puede ser mayor que en cualquiera de sus films anteriores (la vulnerabilidad de nuestra intimidad, el voyeurismo generalizado, el trato a los famosos como si fuesen juguetes a los que podemos torturar, etc.) no ha conseguido que los cabos queden tan bien atados como en su magnífica y recambolesca ‘Los cronocrímenes’ o alcanzar la originalidad del planteamiento y la desenfadada diversión que caracterizaban a ‘Extraterrestre’. A pesar de todo ello y de que el intento por conciliar el lenguaje de las nuevas tecnologías con el del cine no es algo nuevo (Chris Marker, por ejemplo, ya coqueteó mucho con el intento de tender puentes entre ambos), es justo reconocer y alabar de forma entusiasta este intento del director por conciliar la experimentación formal y estética con un cine capaz de estrenarse en salas comerciales. No obstante, al igual que ocurre con nuestros perfiles en las redes sociales, donde – como comentábamos – nos exteriorizamos hasta convertirnos en personajes, ‘Open Windows’ acaba siendo fagocitada por su propia exterioridad (su premisa formal) hasta el punto de forzar el contenido de la historia para que se adapte a aquello que se ha prometido ser, del mismo modo en que actualmente acabamos abandonando nuestro yo interior para insuflar vida al personaje virtual que hemos creado y con el que nos confundimos parapetados tras las fotos con filtros de nuestros pies y las amables sonrisas de los emoticonos. 

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Diego Rufo

Amante del cine desde que pisó por primera vez una sala de proyección con 3 años, lleva desde entonces dando vueltas en espiral alrededor de esta pasión a través de sus estudios en Filosofía, la organización de Cinefórums en la Universidad, y por supuesto, la constante formación a través de libros y, cómo no, de películas.

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