‘La verdad duele’ (2015, Peter Landesman): El deporte como economía y religión

   La comunicación – y por lo tanto el relato como su forma más plena – contiene en su seno dos elementos entrelazados de naturaleza muy distinta: a saber, lo narrado (aquello que se cuenta) y la narración (el modo en que se cuenta). La labor de todo artista (que al fin y al cabo siempre es un comunicador en la medida en que lleva a cabo la transmisión de un mensaje) es encontrar el engranaje que permita que ambos motores giren con la suficiente soltura y la suficiente compenetración para que ambas terminen resultando totalmente indiscernibles, convirtiéndose así en el único camino para la excelencia de la obra. Lejos de la exigencia de que toda historia deba correr riesgos narrativos – la reciente ‘Spotlight’ (Tom McCarthy, 2015), por ejemplo, acierta en su sencillez, mientras ‘La gran apuesta’ (Adam McKay, 2015) pierde parte de su fuerza por culpa de su barroquismo -, lo que sí que cabe reivindicar es la necesidad de acertar con el enfoque, algo que esta ‘La verdad duele’ no termina de conseguir, pues, a pesar de lo interesantísimo de lo narrado (el descubrimiento de una enfermedad mortal sufrida por los jugadores de fútbol americano y ocultada por la NFL) no consigue que su narración esté a la altura de su premisa (ni mucho menos de su trasfondo) por un problema de foco esencial.

La verdad duele (Will Smith y David Morse) - MagaZinema

  De este segundo largometraje de Peter Lendesman se puede afirmar que es, a pesar de su innegable academicismo, una película correcta en todos los aspectos: los actores, liderados por un impecable Will Smith, están estupendos en sus respectivos papeles, la música es acertada (a pesar de desaprovechar la estupenda ‘So long’ del genial Leon Bridges), la historia se sigue con cierto interés, incluso tiene algunos planos realmente brillantes (como el de Justin Strzelczyk estrellando su guitarra visto a través de una ventana interior), pero falla estrepitosamente en el elemento en el que debería mostrar mayor fortaleza: su guión. La película goza de una premisa absolutamente estremecedora y de enorme profundidad (el rol del deporte en nuestra sociedad actual), y, sin embargo, la mayoría de los espectadores apenas conseguimos involucrarnos con la historia, ya que sus responsables olvidan en todo momento que toda película con moraleja – como ésta que se nos presenta – tiene principalmente dos vías para apelar a la empatía del espectador: o bien a través de la psicología de sus personajes – algo que hace muy patosa y simplonamente – o bien zambulléndose en la identificación social – punto que únicamente se atreve a mencionar de pasada. Podría existir un tercer camino – explorado recientemente en ‘El francotirador’ (Clint Eastwood, 2014) o dentro del cine clásico en obras como ‘Pickpocket’ (Robert Bresson, 1959) – que sería el de la exposición imparcial basada en el mero retrato expositivo de una situación en la que el narrador no tome partido por ninguna tesis; sin embargo, a pesar de que formalmente la película bien parece querer equipararse en algunos momentos a esta tercera vía, no cabe ninguna duda de que su absoluto protagonista (Will Smith) se erige como centro moral de toda la historia, limitándose a esbozar someramente lo que realmente resultaría interesante de la obra: explorar al antagonista. ‘La verdad duele’ tiene muy claro quiénes son los buenos (Omalu) y quiénes son los malos (la NFL) y por ello tiende a mostrar a estos últimos de forma casi caricaturesca, forzadamente desagradable, intransigente y manipuladora, sin profundizar realmente en las consecuencias reales del descubrimiento del CTE ni en los orígenes reales de esa hostilidad tanto social como financiera.

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   La pregunta que se debía hacer la película no era, por lo tanto, cómo descubrió Bennet Omalu esta enfermedad ni mucho menos cómo pasó a relacionarse con su esposa, sino escudriñar el por qué un descubrimiento científico que revelaba un indudable peligro mortal para la salud de los jugadores de fútbol americano se encontró con la hostilidad ya no sólo de la organización sobre la que se asentaba dicho deporte sino también con el enfrentamiento de la propia sociedad. A pesar de que la película deja caer pistas sobre estos temas apenas se atreve a profundizar en ellos, dejándose llevar por un vehículo para lucimiento de su estrella y negándose así la posibilidad de adentrarnos en una reflexión sobre el rol del deporte en la sociedad actual que bien convendría recalcar. El deporte – y el caso del fútbol en nuestro país es más que evidente – ha pasado a tener un rol social fundamental, habiendo pasado de la mera competición deportiva al terreno del espectáculo, de la aspiración social e incluso del arraigo prácticamente religioso que éste ha acabado asumiendo,  algo que, sin lugar a dudas, la maquinaria económica se ha encargado de aprovechar y de potenciar (siendo la reciente Super Bowl probablemente su mejor ejemplo). Por ello, mientras uno ve la película se va dando cuenta de que la historia no estaba en el insípido personaje de Omalu, sino en el meticuloso análisis de esa especie de distopía real en la que la continuidad (¡e incluso la legitimidad!) del fútbol se ve puesto en duda, del mismo modo en que la maldad en el mundo pone en cuestión la existencia de Dios, o que la desigualdad social pone en jaque al modelo capitalista en la medida en que todos ellos producen un innegable sismo en los cimientos de la sociedad. Así, del mismo modo en que Omalu disecciona pausada y minuciosamente a sus cuerpos, Peter Landesman debería haber tomado su escalpelo cinematográfico para distanciarse de la sencillez del trazo grueso y profundizar en esa herida que – como el CTE – se muestra sin dejarse ver.

Diego Rufo

Amante del cine desde que pisó por primera vez una sala de proyección con 3 años, lleva desde entonces dando vueltas en espiral alrededor de esta pasión a través de sus estudios en Filosofía, la organización de Cinefórums en la Universidad, y por supuesto, la constante formación a través de libros y, cómo no, de películas.

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