Crítica de ‘La pianista’ (Michael Haneke, 2001)

Aunque muchos han sido los que a lo largo de la Historia han creado música, solo unos cuantos se han atrevido a plasmar este arte en el cine. Si bien desde los inicios del celuloide la música se ha concebido como algo fundamental en el desarrollo cinematográfico –no es necesaria una retrospectiva al cine mudo para entender su importancia-, muy diferente es que el argumento gire en torno a este arte. Y no hablamos de la música como género cinematográfico, sino como núcleo argumental.

En estas películas el personaje se proyecta a través de un instrumento, ya sea una guitarra, un violín o con frecuencia, un piano. Pasiones, miedos, ira y anhelo de libertad son emociones que se exhiben a través de los acordes. Títulos como ‘El piano’ (1993) de Jane Campion, ‘La leyenda del pianista en el océano’ (1998) de Giuseppe Tornatore, y ‘El pianista’ (2002), de Roman Polanski, son tres ejemplos de películas procedentes de distintas nacionalidades con algo en común: un piano. Y como no podía ser de otro modo, Michael Haneke nos trae desde Austria su aportación particular, ‘La pianista’ (2001), una adaptación de la novela homónima de Elfriede Jelinek, ganadora del Premio Nobel de Literatura en el año 2004. Se trata de la segunda adaptación cinematográfica del director – la primera fue ‘El castillo’ (1997) de Franz Kafka- que acostumbra a escribir los guiones de sus películas.

Isabelle Huppert da vida a Erika Kohut, una profesora de piano de mediana edad totalmente sometida por su anciana madre (Annie Girardot). Erika da rienda suelta a sus emociones a través del piano, pero esto no es suficiente.  Para aliviar la frustración causada por ese control emocional y sexual que ejerce su madre sobre ella, frecuenta cines porno y tiendas de sexo. En una de sus clases conoce a Walter Klemmer (Benoît Magimel), un alumno con el que inicia una relación sexual turbadora y de tendencias sadomasoquistas.

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Como era de esperar, estamos ante otra de las temáticas que tanto gustan a Haneke: la represión como concepto psicoanalítico. El personaje, Erika Kohut, vive en una cárcel emocional y es presa de sus pasiones. Esto le lleva a cometer actos que no son los que cabrían esperar de una reconocida y talentosa profesora de piano. Una vez más, el director nos deleita con otra película en la que tras la buena reputación, se esconde el lado más repulsivo y vergonzoso del género humano. Una mujer aparentemente inabordable se ve anulada por sus instintos más basales, y en un intento de controlar todas las situaciones acaba siendo víctima del voyeurismo, que practica con asiduidad ante el desconocimiento de quienes la rodean.

Como es bien sabido, Haneke retrata en sus películas el lado más oscuro del ser humano. Pero en esta cinta, además, vuelca una de sus grandes pasiones: la música. Y se trata de algo totalmente novedoso, ya que si por algo se caracteriza este director es por la falta de melodía en sus films, que tienen como única banda sonora los sonidos procedentes de fuentes naturales como la televisión o la radio. En ‘La pianista’ la música es un personaje más, y utilizada con la elegancia de Haneke, es absolutamente necesaria en el desarrollo de los acontecimientos.

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En una entrevista realizada a Juliette Binoche, de la que podéis ver algunos fragmentos en el documental ‘Michael Haneke: My life’ (2009), la actriz habla del amor que profesa el director por la música:

“Michael Haneke es un músico frustrado. Siempre quiso ser pianista pero finalmente se convirtió en un gran director de cine. Aun así, siente cierta nostalgia e intenta superarlo plasmándola en sus películas”.

Isabelle Humpert, protagonista del film, lo corrobora:

“En ‘La pianista’, por ejemplo, la forma en la que él (Michael Haneke) te deja experimentar la música hace que lo sientas como algo místico, un sentimiento que sólo la música te puede proporcionar”.

Y así es. Haneke no introduce la música de forma aleatoria en este film. La utiliza poco a lo largo de su filmografía, pero lo hace bien. Un buen ejemplo lo encontramos en la secuencia más insospechada: mientras Erika se dirige a la cabina de visionado de películas porno, la acompaña el Piano Trio Nº2, II. La belleza y la sordidez van de la mano a ritmo de uno de los compositores más sobresalientes de principios del siglo XIX: Franz Schubert.

 

Pero este no es el único compositor que Haneke ha elegido para poner ritmo a una de las películas más ásperas de su filmografía: Schumann, Chopin y Bach completan la banda sonora, en sus diferentes estilos. Las piezas de este último fueron extraídas de la novela de Elfriede Jelinek,  el resto de composiciones fueron elegidas por el director.

Haneke considera que en ocasiones, la música no es utilizada en el cine como se debería. Él no la usa para ocultar ciertas lagunas argumentales ni personajes mal construidos, como podrían hacer (y de hecho hacen) otros directores. Define la música como el elixir de la vida, y afirma que en el cine no debería utilizarse a la ligera:

“La música de Bach puede acercarte al cielo, a algún lugar entre el cielo y la tierra”.

“La vida sin música sería difícil de soportar. Es el mayor placer que alguien puede experimentar. De todos los artes, la música es el que más se acerca al cine. La literatura y el teatro son importantes, por supuesto, pero la música es un factor decisivo en una película, y puede hacer que esta triunfe o fracase”.

Por suerte para todo amante del cine y de la música, Haneke volvió a recurrir a Schubert, y su Impromptu, Op.90 D899 Nº 3 in G-Flat Major contiene los acordes que acompañan a los protagonistas de la bella ‘Amour’ (2012), su última película.

Una vez más, las interpretaciones ponen la guinda a una película que si tiene que calificarse de forma global, merece el adjetivo de soberbia. Una interpretación inestimable de Annie Girardot (‘Hay días…y lunas’, 1990) que junto a Benoît Magimel (Pequeñas mentiras sin importancia’, 2010) forman una pareja representativa de las dos relaciones que marcan la vida de nuestra protagonista. En favor de Isabelle Huppert, huelga decir que realiza una interpretación sobresaliente, dando vida a uno de los personajes más complejos de la filmografía de Haneke. Con sobriedad, elegancia y mesura es capaz de encarnar a la desagradable Erika Kohut, y ello le valió el Premio a Mejor Actriz del Festival de Cannes en el año 2001. Muy merecido, ya que además de su excelente interpretación, es ella la que toca el piano. 

Se trata, por tanto, de una película que desprende calidad por los cuatro costados. Muy recomendable para el espectador si busca una gran interpretación, una buena historia o simplemente una magnífica banda sonora. En mi opinión, los tres componentes que conforman una buena película.

Nicole Torres Tamayo

Estudiante de Biología, vivo entre las células y el celuloide. Redactora en MagaZinema, para la que escribo críticas con nocturnidad y alevosía

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