Crítica de ‘Steve Jobs’ (2015): El mito entre bastidores

   Si el arte en general (y el cine en particular, en la medida en que capta directamente ‘lo real’) siempre oscila entre la realidad y la ficción, entre la verdad y la invención, el género del biopic (retrato biográfico de un personaje real) es uno de los mayores retos a los que se puede exponer cualquier cineasta que desee tomarse su arte en serio. A diferencia del documental, que – a pesar del sesgo ineludible del montaje – se sirve de imágenes reales para construir su relato, el biopic debe partir de esos testimonios (en este caso de la biografía autorizada por Steve Jobs escrita por Walter Isaacson) para edificar un retrato del personaje ya no sólo desde el montaje o desde la imagen de archivo sino desde el guión o incluso desde las actuaciones. Así, mientras lo que prima en el documental es la exposición como forma de narración (pues cuenta en base a lo ya existente), lo que identifica al biopic es la narración como forma de exposición, en la medida en que éste debe revelar lo existente (o mejor dicho, “lo existido”) a través de un relato ficticio.

Michael Fassbender como Steve Jobs

   Conscientes de esta paradoja inherente al biopic, Danny Boyle y, sobre todo, su guionista Aaron Sorkin, que define la obra “como una pintura, no como una fotografía”, fuerzan los límites del género para conseguir un retrato incompleto en cuanto a lo biográfico pero mucho más estimulante y rico en matices en cuanto a lo personal que otros relatos panfletarios y hagiográficos de un personaje tan idolatrado en la actualidad (pero tan complejo) como el magnate Steve Jobs. Su planteamiento formal resulta brillante: estructurada en tres grandes bloques correspondientes a los momentos previos de tres de sus presentaciones más importantes en el terreno de los ordenadores (Macintosh, NeXT y iMac), la cámara de Boyle se va desplazando sibilinamente por los pasillos y salas de cada uno de los teatros, siguiendo al personaje, escrutándole mientras el guión de Sorkin le impulsa a encontrarse continuamente con los mismos personajes, poniendo en pantalla la personalidad de Jobs a partir de la evolución de sus relaciones interpersonales: nos muestra su perfil autoritario cuando se dirige a sus empleados, su egolatría cuando habla con su ‘partenaire’ técnico y cofundador de Apple Steve Wozniak (un impecable Seth Rogen), su frialdad en el trato con su hija “bastarda” o, como contrapeso, su lado más íntimo, humano y vulnerable en su entrañable relación de fuerzas con Joanna Hoffman, interpretada magistralmente por Kate Winslet. No se trata, por lo tanto, de sentarse frente a la pantalla para presenciar la exposición detallada y fiel de los acontecimientos sino de dirigir nuestra mirada hacia un caleidoscopio que a cada giro nos muestra nuevas piezas que esbozan el lado humano (aunque no necesariamente amable) del protagonista al tiempo que, en un juego con el fondo de campo narrativo, se encuentran de forma constante las dos grandes aportaciones de Jobs al mundo: sus productos y sus habilidades para las presentaciones.
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   Sin embargo, no todo el film consigue estar a la altura del arriesgadísimo reto propuesto. Si bien es impecable desde el punto de vista formal y desde el punto de vista interpretativo (a pesar de que la caracterización de Fassbender sea tan liviana que a veces cueste ver en él al verdadero Jobs) la película encuentra su talón de Aquiles en su artificioso tercer acto. Ciertamente, Boyle comienza haciendo gala de algunos de los tics de su habitual esquizofrenia narrativa, pero según avanza el metraje consigue tomar las riendas de la película para deleitarnos con un maravilloso equilibro entre pausa y aceleración que logra dejar sin aliento al espectador, especialmente en un segundo acto brillante que alcanza su máxima excelencia en el encuentro entre Sculley y Jobs, donde el director, acompañad de una maravillosa partitura de Daniel Perverton, hace gala de un impecable uso del montaje en paralelo para lograr una potentísima atmósfera de asfixia y desenfreno que debería conseguir que todo espectador se volviese a enamorar del cine una vez más. Sin embargo, todos esos logros narrativos alcanzados tras los dos primeros actos empiezan a perder fuerza en cuanto llegamos al tramo final de la película, donde el guión de Sorkin nos empieza a llevar hacia un retrato del personaje que comienza a debilitarse al pasar injustificadamente del retrato distanciado al autorretrato condescendiente, con un Jobs hablando de su propia personalidad (“no me importa caer mal a la gente”) o, especialmente, con un intento precipitado por humanizar al mito hasta llegar a un final de redención ‘made in hollywood’ mediante el intento de reconciliación del protagonista con esa hija a la que nunca quiso reconocer como tal.
Jeff Daniels y Michael Fassbender en Steve Jobs (2015)
   Así, pues, la película se convierte en un retrato imperfecto pero sumamente estimulante del personaje y, sobre todo, en una maravillosa redefinición del género del biopic, demasiado acostumbrado a seguir de forma sistemática las mismas estructuras y a caer en los mismos tics (de los que, por desgracia, no consigue distanciarse del todo). No obstante, no deja de resultar paradójico – y hasta interesante desde una perspectiva metalingüística – que, al igual que el personaje que retrata, la película consiga ser tan brillante en lo formal y en lo racional como torpe en lo humano y emocional.

Tráiler de ‘Steve Jobs’

Diego Rufo

Amante del cine desde que pisó por primera vez una sala de proyección con 3 años, lleva desde entonces dando vueltas en espiral alrededor de esta pasión a través de sus estudios en Filosofía, la organización de Cinefórums en la Universidad, y por supuesto, la constante formación a través de libros y, cómo no, de películas.

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