‘Las vidas de Grace’ (Destin Cretton, 2013)

La búsqueda del yo es una tarea que el ser humano ha llevado a cabo desde que comenzó a tener uso de razón y conciencia de sí mismo. Muchos son los caminos que quedan por explorar en el complejo universo del ser. Si además tenemos en cuenta que cada individuo es un mundo, la tarea puede volverse muy compleja. El cine nos ha regalado, a lo largo de sus 120 años de historia, películas que son el espejo de profundos y complicados personajes. En 1967, Sidney Poitier protagonizaba la cinta británica 'Rebelión en las aulas'. A ésta le seguirían otras muchas del género, la mayoría de ellas con más pena que gloria, pero el pasado reciente nos ha dejado joyas como 'El indomable Will Hunting' (1997) de Gus Van Sant, con una temática en la misma línea: un joven conflictivo con mucho que contar (Matt Damon) sigue los consejos de un solitario y bohemio profesor (Robin Williams). Ambos nos mostrarán, gracias a un maravilloso guión, cómo reconducir una vida que se creía descarrilada.

Destin Daniel Cretton nos trae esta vez un drama social que poco tiene que ver con su primer trabajo, ‘I’m not a hipster’, con el que se estrenó en la dirección cinematográfica de una forma -todo sea dicho- bastante modesta. 'Las vidas de Grace' cuenta la historia de una joven (Brie Larson) que trabaja en Short Term 12, un centro de acogida para adolescentes con problemas. Con ella están su pareja Mason (John Gallagher Jr.), Jessica (Stephanie Beatriz) y Nate (Rami Malek). Como suele ocurrir en este tipo de películas, la convivencia con los adolescentes y el día a día servirán de puente para que nuestra protagonista, víctima de numerosos traumas del pasado, pueda encontrar su propio camino.

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Aunque a priori pueda parecer una temática bastante desgastada que ya ha sido tratada en sus múltiples variantes- una de las más recientes vino de la mano de Laurent Cantet con 'La clase' (2008) -, esta película cuenta con algo que no todos los actores pueden llevar con tanta maestría a la gran pantalla: un personaje muy poderoso. Grace es una mujer que intenta ayudar a adolescentes conflictivos cuya única arma para defenderse es un pastel de fresa, y cuyo único medio para expresar sus miedos es un cuento infantil o una canción de rap. Pero también esconde secretos que no quiere contar a nadie, por miedo quizás a que al verbalizar esos temores, éstos pudieran materializarse de nuevo. Con la llegada de Jayden, una chica independiente y con pocas ganas de hacer amigos, Grace se replanteará muchas cosas. Tras años huyendo de sí misma, tendrá que vérselas cara a cara con su propia historia.

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Brie Larson y John Gallagher Jr. demuestran que este film no es solo un drama social, sino también una historia de amor. Y no un amor intenso y de corta duración, sino una de esas historias nobles, leales y duraderas. Grace no quiere compartir con nadie lo que le atormenta, ni siquiera con su pareja Mason. Esta falta de comunicación se traduce en momentos de tensión en los que nuestra protagonista se vuelve irascible. A pesar de la paciencia y comprensión que le ofrece su pareja en todo momento, Grace decide dar rienda suelta a sus temores con la última persona que cabría esperar: Jayden. Adolescente y adulta, dos edades distintas pero con un denominador común. Quizás estas dos jóvenes no sean tan diferentes como puede parecer en un principio.

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Desde EE.UU llega esta película independiente que constituye un tipo de cine poco habitual en territorio yanqui, aunque cada vez más frecuente. Gustará, ya que es una película asequible al gran público, pero podría quedarse algo insípida para los amantes del género, que verán en ella una cinta más sobre 'adolescentes desfavorecidos' – tal y como indica Nate a modo de eufemismo-. Es innegable el talento de los dos protagonistas, grandes promesas de la interpretación (¡ojo a Brie Larson y a su gran potencial, que merece ponerse en buenas manos!). Además, cabe destacar la capacidad de Destin Cretton para filmar con poco presupuesto una película que más pretende hacer reflexionar que llegar a conmover al espectador. Estamos ante una cinta que no necesita un final dramático y efectista de esos que tanto gustan en Hollywood. La historia es un drama en sí misma, que se nutre de dos buenas interpretaciones potenciadas por la naturalidad, una característica que se mantiene en cada plano a lo largo de los 96 minutos que dura la cinta.

¡Que la disfrutéis!

Nicole Torres Tamayo

Estudiante de Biología, vivo entre las células y el celuloide. Redactora en MagaZinema, para la que escribo críticas con nocturnidad y alevosía

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