‘El país de las maravillas’ (Alice Rohrwacher, 2014)

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Los artistas suele poner parte de sus vivencias en los trabajos que realizan. En el caso del cine, esto suele estar presente en las producciones de cineastas con fuerte personalidad o los fieles del cine independiente. La cineasta italiana, Alice Rohrwacher, vuelve a demostrar con ‘El país de las maravillas’, premio del jurado del pasado Festival de Cannes, su habilidad para traer los recuerdos de uno mismo y convertirlos en un filme con características propias de la personalidad de quien lo dirige.

El verano llega a su fin en la región de Umbría. En un pequeño pueblo, Gelsomina vive con sus padres, sus tres hermanas pequeñas y su tía en una granja desvencijada en medio del prado, donde producen miel. El padre, Wolfgang, cree que el fin de mundo se avecina y prefiere que su familia esté más apartada de la sociedad y más en sintonía con la naturaleza y los bienes no terrenales. Antiguo hippie, Wolfgang mantiene a la familia unida con estrictas reglas que corren peligro con la llegada de Martin, un adolescente problemático alemán que es enviado a la familia de Gelsomina por un programa de reinserción. No sólo con la convivencia de Martin la paz familiar puede tambalearse, un programa de televisión llamado “El país de las maravillas” también llega a la región con el propósito de difundir el atractivo del pueblo y atraer turistas.

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La cineasta italo-germana saca pinceladas de su infancia, su padre es alemán y fue apicultor y su familia vivió con los ideales de las corrientes alternativas de los sesenta, para mostrar las virtudes del imaginario que está en la cabeza de la infancia frente a la amarga resignación que la vida adulta manifiesta. Cierto que este largometraje parte de la discusión entre lo nuevo y lo antiguo, la infancia versus la vida adulta, los ideales frente al pragmatismo, lo metropolitano contra lo rural. Ese incómodo diálogo, que muchas veces invita a la incompatibilidad, no es recreado de forma fatalista aunque los hechos se empeñen en querer ser trágicos. Rohrwacher recrea el despertar de la pubertad en su personaje principal, Gelsomina, como un canto a la feminidad y lo espontáneo y natural de ella. No es un retrato de la rebelión contra el patriarcado en sí sino una muestra de cómo lo femenino emerge en cualquier lugar sin procedencia de sitios concretos o estamentos socioeconómicos.

Y esa feminidad, ese tránsito de niña a mujer mediante la adolescencia no es retratado con el clásico despertar sexual al que el cine ha acostumbrado al público sino a una transformación mental de madurez. No hay sentimientos de culpa enfrentados a deseos carnales, sino que hay la pérdida de la inocencia de los ideales frente la resignada aceptación de los cambios. Rohrwacher no hace hincapié en esta evolución, ser mujer no es algo extraño, provocando un recorrido naturalista pero alejado del drama y más cercano a una amable comedia. Para que ese mensaje llegue, la realizadora crea en su guion a ese personaje clave que se ayuda esencialmente con la interpretación de su actriz principal, Maria Alexandra Lungu, que representa en sus expresiones, su mirada, sus diálogos, esa espontaneidad del crecimiento y ese desafío pacíficamente contencioso a la figura paterna autoritaria.

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En ese camino de la vida se ven justamente los otros discursos, los otros conflictos. Lo rural que acepta convertirse en una feria para poder sobrevivir; vivir de forma alternativa en un momento donde lo uniforme y lo capital se come a lo diferente, de ahí a que sea una llegada de “fin del mundo”. Para darle mayor magia a estos dilemas, la cineasta filma la adultez entre lo decadente y destartalado, envuelta en la influencia de las ensoñaciones del cine de Fellini, con el claro ejemplo de la “semi-diosa” presentadora de televisión Monica Bellucci que representa ese cambio en la vida de Gelsomina, otro guiño al mundo felliniano, junto con Martin, el joven alemán que provoca el despertar sentimental de la niña de una forma inocente alejada de la mirada sexual.

Alice Rohrwacher, como ya hace Valeria Bruni Tedeschi en su cine, sabe contar su propia vida dándole imaginación y afabilidad, propio de la mirada de los niños, a un pasado que se vislumbra que no fue especialmente maravilloso. Quizás esas quimeras y mundos voluptuosos se le escapen algo de las manos y provoquen confusión al público pero no empañan ese canto a la mujer, al crecimiento y al adaptarse a los cambios sin perder la personalidad. Un complejo relato que aparenta fácil lectura pero densamente llevadero, como la vida misma.

Miguel Ángel Pizarro Da Costa

Periodista. Amante de la cultura y el arte en sus diversas áreas aunque el cine es una de mis grandes pasiones. El cine de animación es mi especialidad. Una buena película es como un buen vino, al principio gusta pero su calidad mejora con los años.

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