Crítica de ‘El Club’ (2015, Pablo Larraín)

Título original: El Club

Año: 2015 (Chile)

Duración: 97 min.

Director: Pablo Larraín

Reparto: Roberto Farias, Antonia Zegers, Alfredo Castro, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking, Jaime Vadell, Marcelo Alonso

Guión: Guillermo Calderón, Daniel Villalobos

Fotografía: Sergio Armstrong

Música: Carlos Cabeza

Género: Drama.

Sinopsis: Un grupo de sacerdotes viven retirados en la casa de un pueblo aislados de la sociedad, dedicándose únicamente a entrenar perros para competiciones. Un día, otro sacerdote se incorpora al grupo y esto provoca la aparición inesperada de un vecino que hará que esa tranquilidad en la que viven se tambaleen.

Crítica de ‘El Club’

por Diego Rufo

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“La distancia de la crudeza”

    Todos los cineastas son combatientes que, como cualquier soldado en el campo de batalla, hacen gala de un particular estilo de lucha: tenemos descarnados combatientes cuerpo a cuerpo como el Lars von Trier y el Vinterberg del dogma 95, sobrios vaqueros armados con su revólver como Clint Eastwood o David Fincher, soldados hiperactivos con la metralleta al hombro como Edgar Wright o Michael Moore, o distantes francotiradores como Michael Haneke o el director que nos ocupa: Pablo Larraín. Este realizador chileno, que ya puso en el punto de mira a sus compatriotas y a sus mandatarios en films anteriores, en esta ocasión dirige su mirilla hacia uno de los tabúes más cacareados de la Iglesia Católica: los abusos sexuales a menores.

    Sea por azar, por el destino o – como diría Bob Dylan – por estar soplando en el viento, han coincidido en apenas un año dos películas centradas en este mismo tema: la reciente ‘Calvary’, de John Michael McDonagh, y esta ‘El club’, donde si bien se perciben múltiples similitudes también son palpables sus innegables diferencias. La más evidente de sus semejanzas sería, principalmente, la elección de un pequeño pueblo como entorno de desarrollo para la narración, pero también puede reconocerse su parentesco tanto en su estilo de filmación distanciado respecto de los acontecimientos como en el desquiciamiento de los personajes que en un pasado habían sufrido las mencionadas vejaciones. No obstante, es en este punto precisamente donde más profunda se vuelve la grieta entre ambos metrajes, pues si bien las esperpénticas situaciones de McDonagh juegan con un cierto sentido (negrísimo) del humor en el caso de Larraín dichas escenas quedan envueltas por el sayo de la sordidez y la piedad hacia sus personajes, despertando así en el espectador una sensación de compasión y repulsión simultánea que mucho se aleja de esa ironía del otro film y que aquí no hace aparición hasta sus minutos finales, donde el tono opresivo de la narración se permite un leve alivio cómico.

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    Por ello, la palabra que mejor define a todo el metraje es, sin lugar a dudas, la palabra crudeza, palpable en todos los ámbitos tangibles una obra cinematográfica: crudeza en sus palabras, en sus imágenes y en su planificación y montaje. En primer lugar, a pesar de ser una película plagada de secretos y silencios, los discursos y confesiones de Sandokan son todo lo duros y explícitos que pueden llegar a ser, logrando el difícil reto de convertir a las palabras en unas imágenes mentales más explícitas, nítidas y repugnantes que cualquier plasmación visual morbosa de esos acontecimientos. Asimismo, en el apartado visual, el descarnado uso de la luz natural en vez del recurso a los artificios lumínicos de embellecimiento de la imagen típicos del cine nos ofrece una imagen imperfecta, cercana al aspecto logarítmico, que se nos presenta comúnmente invadida por una bruma que emborrona ligeramente la imagen y que puede llegar a verse como un guiño a la frase del Génesis que abre película, pues ¿no es sino ese exceso de luz el que invade a una historia tan sombría, como si el director nos estuviese queriendo decir que esa hipotética separación entre la bondad de la luz y la corrupción de la sombra no es más que un constructo interpretativo? ¿No es, por tanto, una forma de incitarnos así no sólo a la reacción ante la (in)moralidad de sus personajes sino también a una extraña compasión hacia estos mismos protagonistas al repartir la culpa entre ellos y la situación a la que les aboca la hipocresía de la Iglesia Católica tanto en su criminalización de la sexualidad (y de la homosexualidad) como en la ocultación de los abusos? ¿No es sino en definitiva ese montaje y esa planificación basados en su mayoría en planos frontales y sin referencia del entorno social (nunca tenemos un escorzo o una referencia del interlocutor) lo que nos da pie a ver el completo aislamiento tanto humano como moral del grupo protagonista? Al fin y al cabo la crudeza es el modo que tiene cineasta de distanciar su juicio para ofrecerle el relevo al espectador de hacer uso por sí solo de todo ese poder.

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Tráiler de ‘El Club’

 

 

Diego Rufo

Amante del cine desde que pisó por primera vez una sala de proyección con 3 años, lleva desde entonces dando vueltas en espiral alrededor de esta pasión a través de sus estudios en Filosofía, la organización de Cinefórums en la Universidad, y por supuesto, la constante formación a través de libros y, cómo no, de películas.

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