Crítica de ‘After the fall’ (2014, Saar Klein)

Cartel de After the fall

Título original: Things People Do (After the Fall)

Año: 2014 (Estados Unidos)

Duración: 110 min.

Director: Saar Klein

Reparto: Wes Bentley, Jason Isaacs, Vinessa Shaw, Haley Bennett, W. Earl Brown, Missy Yager, Audrey Walters, Beth Bailey, Aaron Alexander, Crystal Miller

Guion: Saar Klein, Joe Conway

Fotografía: Matthias Koenigswieser

Música: Marc Streitenfeld

Género: Drama

Sinopsis: Un agente de seguros en paro oculta su despido a su familia y se embarca en una vida criminal para llevar el pan a casa y poder pagar la hipoteca. Ambientada en los suburbios de Nuevo México, sus casas al borde del desierto y sus piscinas parecen esconder la desesperación de una clase media a la que el sueño americano ha dejado tirada y a la que solo queda el conformismo como fórmula para la felicidad.

Crítica de ‘After the fall

por Lourdes Lulu Lou

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“Leve caída de exigua credibilidad”

Es demasiado inofensiva, inocua en su degustación, inocente en exceso en su digestión, no hace justicia a lo que se espera de ella, escasez de alimento nutritivo para un honrado padre de familia, devoto amante marido e incansable trabajador que debe enfrentarse al dilema moral de sus erróneos y culposos actos; o puede que, como intenta venderse, no haya ni buenos ni malos, ni ética o falta de la misma que los conduzca, tal vez sólo existan hombres y sus desesperadas acciones para sobrellevar una humillación y vergüenza que se niegan a proclamar al mundo.
“Intensidad es aquello que se odia y que repites hasta que lo amas”, sometida instrucción que intenta lavarse el alma al tiempo que no se ve capaz de controlar esa adrenalina ascendente de poseer el mando, la pistola y transgredir la ley, la seducción de lo incorrecto, la fascinación de salir ileso, el orgullo heroico de ser inmune a las normas y sus podridos andares, un conjunto de respirables sensaciones que adquieren poca fuerza y vigor una vez toman el control de la escena, coste de una flaqueza que acaba pecando de pereza y vacío en su factura final.
La árida, seca, aislado y perturbador desierto mexicano, meseta frontera con el áspero y cargante sur norteamericano, con su irrespirable sol candente y esa abundancia arenal que lo impregna todo, melancolía de lentitud estacional en un actuar pausado, reflexivo y atento a los rostros implicados, un importante personaje que acompaña a la soledad, amargura y atrape de este agente de seguros que ha perdido toda la seguridad de su estable vida, vastos enfoques para la meditación de la ruina hallada y la peligrosa solución encontrada, torpeza ingenua y pueril para los vándalos actos y una inverosímil educación culpable para quien osa allanar a sus conciudadanos, pero pide disculpas a cada segundo de sus pasos.
Falta empuje, contenido y mayor consistencia pues conoces los sentimientos que transpira, absorbes la incómoda situación en la que se encuentra pero, todo el caótico desenlace de quien no quiere usar la vileza injustificada -o si- pero se le ofrece la oportunidad, y con disfrute la toma, no se experimenta con la rotundidad, nerviosismo, acoso y entusiasmo debidos, y su lamento de vuelta a la rectitud y a la promesa de no más mentiras es llano, suave y reprimido, como poco.
“Cuando haces algo mal pides perdón; eso es ser un hombre”, y entre esas confesiones de tristeza y desconsuelo que pone en balanza los beneficios o daños de cumplir tal reseña se mueve el dilema de este argumento endeble, pobre y nimio, que se conforma con la cantidad mínima, de los adecuados ingredientes, para confeccionar su insuficiente menú, deja todo el peso de su querencia y motivación en una realización espaciosa, de corta distancias y toxicidad leve que no logra componer esa incertidumbre y tortura de cuadro con el resorte esperado.
“La moralidad es una ilusión, es el miedo lo que nos mantiene en línea” y frases arquetipos se promulgan entre una parsimonia escénica que no cautiva, que espera tengas paciencia y devoción por apreciar su leve exposición que, aún dejándolo todo claro, posee esa tesitura de sabor cándido, simple y poco letal que no alimenta con suficiencia cuando no hubiera estado nada mal algo más de merecido y necesario picante.
Wes Bentley absorbe con gusto la pantalla, cautiva tu inicial interés pero su personaje posee tal dejadez de carisma que el vínculo con el vidente se va aflojando, sin desaparecer pero sin afianzar lazos pues su angelical pose, incluso cuando asalta los olvidados suburbios de una clase media abandonada, llega a resultar infantil, ridículo e inverosímil, lo cual no ayuda a que el gran tormento mental sobre lo correcto, las condiciones personales, lo que nos define y las escusas que le acompañan sea un debate intenso y de emotivo calado.
“La verdad tarde o temprano sale. ¡Al diablo con la verdad!”, cavilación introspectiva dejada al aire para que cada cual se decante y deja claro su postura respecto al ser humano y las decisiones que con obviedad le definen, desde Kant y su imperativo categórico que no dejaba margen de actuación dudosa, a Ortega y Gasset con su yo y mis circunstancias se nos abre la cuestión de la libertad de pensamiento y acción y si realmente ésta existe; condicionados por pasado, familia, sociedad, amigos, tradición, genes, estereotipos…, y un largo etcétera puede que estemos abocados a sobrevivir haciendo lo que haga falta o haya una línea intransferible que, una vez hecho, sólo se arregla pidiendo disculpas y dando la cara pues, eso es ser un hombre, ¿no?, aunque la pregunta que surge es si quieres ser un hombre o sólo una persona.
‘After the fall’, después de la caída, el desespero puede con la honradez, pero es tan tenue y liviano el pecado y tan enorme y ofuscado su arrepentimiento que, ¡hasta Socrates le perdonaría de beber su cicuta!
Su abatimiento, desolación y desaliento enriquecen la mirada de su territorio, de su esencia postal pero empobrece una historia que no llega con rotundidad concluyente.

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Tráiler de ‘After the fall

Lourdes Lulu Lou

Lo importante sois vos y la película, yo mejor en segundo plano.

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